martes, 15 de mayo de 2018

¡Ay de los que se burlan de Dios y mueren en su burla! Hora Santa en reparación por desfile de modas ofensivo contra la Iglesia Católica en Nueva York 070518



Blasfemia en el Met. Rihanna, cantante rayana en lo obsceno, vestida como papisa.

Inicio: ofrecemos esta Hora Santa y el rezo del Santo Rosario en reparación por el blasfemo desfile de modas llevado a cabo en el Museo Metropolitano –“Met”- de Nueva York el 07 de mayo de 2018. En el mismo, se usó de modo impúdico, sensual y obsceno, paramentos correspondientes a cargos dignatarios de la Iglesia, como por ejemplo, “la tiara de Pío IX, zapatos de San Juan Pablo II y la casulla de Pío XI”. La noticia acerca de tan lamentable suceso se puede encontrar en el siguiente enlace:


         Canto inicial: “Postrado a vuestros pies humildemente”.

Oración inicial: “Dios mío, yo creo, espero, te adoro y te amo. Te pido perdón por los que no creen, ni esperan, ni te adoran, ni te aman” (tres veces).

“Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, yo os adoro profundamente y os ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad, de Nuestro Señor Jesucristo, Presente en todos los sagrarios del mundo, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e indiferencias, con los cuales Él mismo es continuamente ofendido. Por los infinitos méritos de su Sacratísimo Corazón y los del Inmaculado Corazón de María, os pido la conversión de los pobres pecadores. Amén”.


Blasfemia en el Met. Rihanna, cantante rayana en lo obsceno, vestida como papisa.


Enunciación del Primer Misterio del Santo Rosario (misterios a elección).

Meditación

La luz de la fe, que muestra la gloria y la dulzura de la gracia, ablanda el corazón del pecador y lo sacude profundamente revelándole los males y castigos que le esperan si permanece al margen de la gracia[1]. El temor natural, por grande que sea, no nos prepara para la recepción de la gracia; en cambio, el temor sobrenatural a la cólera de Dios y sus consecuencias supone la fe sobrenatural y es despertado por el Espíritu Santo, haciéndonos sentir vivamente cuánto nos perjudicamos al perderlo y cuántos son los espantosos castigos con que Dios castigará su desprecio. Este temor sobrenatural de Dios, que nos hace temer su castigo eterno y nos hace desear el no ofenderlo, es un don del Espíritu Santo que penetra en el alma como afilada espada y que corta los lazos que nos atan a los objetos amados pecaminosamente. Esta espada se mantiene suspendida sobre nuestra cabeza hasta que nos hayamos refugiado bajo el manto de la gracia y ocultado en el seno de Dios. Si permanecemos sordos a esta advertencia, es porque voluntariamente y temerariamente deseamos rechazar la divina gracia, olvidando la terrible sentencia que Dios dictará un día contra los que menospreciaron ese don: “¡Apartaos de Mí, malditos, obradores de iniquidad, al fuego eterno, preparado para el Diablo y sus ángeles!” (cfr. Lc 23, 25-27). Dios es Amor misericordioso, pero si rechazamos el don del Espíritu Santo del temor de Dios, que nos hace desear la gracia, inevitablemente viviremos y también moriremos sin la gracia, haciéndonos merecedores de la sentencia del Terrible Juez.

Silencio para meditar.

Padre Nuestro, Diez Ave Marías, Gloria.

Enunciación del Segundo Misterio del Santo Rosario (misterios a elección).

Meditación

Es verdad que Dios es Amor Misericordioso, pero también es verdad que, si el pecador persiste en su maldad, la paciencia de Dios y también su misericordia se terminan, para dar paso a su Justicia. En efecto, Dios no sería Dios si fuera injusto, y es injusto que no dé al pecador lo que pecador desea: el pecador, rechazando el don del temor de Dios, no quiere refugiarse bajo los rayos de su Divina Misericordia y temerariamente elige enfrentar a Dios, diciéndole: “¡No quiero tu Misericordia!”. Lo que sucede es que, quien se niega a la Misericordia Divina, recibe la Justicia Divina. Por eso Dios dice al pecador: “Verteré mi cólera en la medida de mi misericordia” (Ecli 16, 12-13). En la misma medida con que Dios intentaba atraer al pecador con el Amor de su Sagrado Corazón, en la misma medida ahora lo rechazará, con toda la fuerza de su Ser, como un amante despechado no quiere saber ya nada con quien amó hasta la locura, pero lo rechazó una y otra vez, hasta el cansancio. Es decir, cuanto mayor ha sido y se ha mostrado la Divina Misericordia, haciéndonos hijos suyos por la gracia, tanto más terriblemente se dejará sentir la severidad de su Justicia Divina cuando descargue ésta sobre aquellos que despreciaron la gracia[2] y persistieron en su malicia. ¡Ay de aquel que desaproveche el tiempo de la Misericordia y, haciendo burla del temor de Dios, rechace la gracia de la conversión y se atreva a despreciar y desafiar al Dios Tres veces Santo!

Silencio para meditar.

Padre Nuestro, Diez Ave Marías, Gloria.

Enunciación del Tercer Misterio del Santo Rosario (misterios a elección).

Meditación

Por su Amor, Dios promete, por medio de la gracia, inundarnos y colmarnos de bendiciones, al punto de inundar nuestra alma, por así decirlo, en la Bondad divina. Un ejemplo puede darnos una idea: así como una esponja, que no desea otra cosa que estar empapada en el agua, si es arrojada al mar ve satisfecho su deseo y aún al infinito, porque toda el agua del mar es para ella, aun cuando su capacidad de absorber tanta agua sea limitada, así Dios desea sumergirnos en ese Océano de Misericordia que es su Sagrado Corazón y es para ello que nos atrae continuamente desde la cruz, como Él lo dijo: “Cuando Yo sea levantado en alto, atraeré a todos hacia Mí” y todo esto, por el solo hecho de unirnos a sí, a su Sagrado Corazón trinitario, para inundarnos de amor y delicias. Pero dice también la Escritura que “saciará sobre los pecadores su cólera” (Ez 6, 12), porque nada hay tan sensible como un amor despreciado y rechazado una y otra vez y no solo, sino también, ultrajado. Cuanto más tierno y dulce haya sido el amor, tanto más fuerte, amarga y terrible será la cólera divina, desatada sin medida –como sin medida era el Amor con el que quería amarlo- contra el pecador que rechace su Amor; tanto más dura y severa será la ira de Dios, cuanto más haya sido el desprecio y rechazo del pecador para con su Misericordia. Y así es como lo dice la Escritura: “En la medida en que el Señor se regocija antes en hacernos el bien y en acrecentarlo, se gozará en perderos y en aniquilaros” (Deut 18, 63). Dios, Fuego de Amor Divino, es también Fuego de cólera infinita. Si es benéfico y amable cuando nos da su gracia, es terrible y cruel cuando hiere, consume, desgarra y tortura a los que se endurecieron contra sus bendiciones, y su cólera dura lo que la eternidad. ¡Ay de aquel que, haciendo mofa de la santidad del Dios Tres veces Santo, con soberbia demoníaca desprecia y rechaza el temor de Dios, burlándose de su Amor! ¡Cuánto lo lamentará, cuando ya sea tarde, porque tendrá toda una eternidad para lamentarse!

Silencio para meditar.

Padre Nuestro, Diez Ave Marías, Gloria.

Enunciación del Cuarto Misterio del Santo Rosario (misterios a elección).

Meditación

         Cuando un hijo ofende a su padre, el pecado que comete es mucho más horrible y merece un castigo incomparablemente más grande que cuando la misma ofensa es cometida por un servidor o esclavo con relación a su dueño. De la misma manera, así el pecado que cometemos contra nuestro Padre Dios, en cuanto hijos adoptivos de Dios, habiendo sido adoptados por Él por su gracia, es incomparablemente más grave y lo ofende muchísimo más que aquél que sólo es una creatura, porque no fue adoptado por Dios. Como hijos de Dios que somos, no podemos pretender recibir el mismo castigo y la misma reprimenda que alguien que no es hijo suyo. Después de haber sido llamados a la gracia, nuestra pena debe ser muy distinta, equivalente a la dignidad y a la majestuosa altura a la que la gracia nos eleva[3]. La dignidad que da la gracia al alma, al adoptarla como hija adoptiva de Dios, es profundísima e inefable; es algo tan grandioso, que el alma supera a los ángeles en dignidad, pues a ellos no les fue concedida la participación en la filiación divina, como sí sucedió con nosotros, en el momento del bautismo. Pero a esta dignidad tan alta, al ser rechazada, le equivale una pena y un dolor equivalentes y es por eso que, para el pecador impenitente, esto es, para aquel que se burla de la Divina Misericordia hasta el último instante de su vida y entra así, con una sonrisa burlona y malvada en la vida eterna, Dios construye un nuevo infierno, atroz y espantoso, con nuevas torturas, nuevas aflicciones y un nuevo fuego cruel, atroz e insoportable. Y así como despliega su poder para hacernos partícipes de su naturaleza y felicidad, usa de ese mismo poder para abrumar al pecador, mediante un milagro no menor, de males inimaginables en el Infierno eterno[4]. Lo humilla y lo tortura y lo mantiene sobrenaturalmente en esos males, porque eso es lo que quiso el pecador impenitente y eso es lo que Dios, por su Justicia Divina, le concede. ¡Ay de los que se burlan de Dios y mueren en su burla sin haberse arrepentido!

         Silencio para meditar.

Padre Nuestro, Diez Ave Marías, Gloria.

Enunciación del Quinto Misterio del Santo Rosario (misterios a elección).

Meditación

         Podríamos resistirnos a creer que Dios pueda castigar nuestros pecados de un modo tan atroz, pensando en que su Misericordia es infinita, inagotable e inefable. Sí, lo es, pero también su Justicia es infinita, inagotable e inefable, y no puede, en virtud de esta su Justicia Divina –que junto a la Misericordia Divina constituyen la esencia de su divinidad-, no puede dejar de dar al pecador impenitente aquello que el pecador impenitente libremente eligió, es decir, ausencia de Misericordia, para recibir todo el peso de la Ira y de la Justicia divina. Para que nos demos una idea de cómo es Dios cuando se desprecia su gracia, sólo debemos postrarnos de rodillas y con la frente en el suelo, para adorar a Dios Hijo crucificado y así luego contemplarlo en su crucifixión. Para darnos una idea de cómo es Dios cuando su gracia se desprecia, contemplemos al Hijo de Dios en su sacrificio en cruz y contemplemos sus llagas y su Sangre, sus golpes y sus heridas, sufridas por nuestro amor y para pagar por nuestros pecados y ganarnos la gracia. Si el Hijo de Dios debió soportar lo que ningún hombre jamás haya sufrido ni sufrirá en la tierra, ¿no obrará así con nosotros, si mostramos impenitencia y suprema malicia, como es el rechazar obstinadamente la gracia? “Si así se procede con el leño verde, ¿qué no se hará con el seco?” (Lc 23, 31). ¡Ay de los que se burlan de Dios y de su Iglesia, llamando bien al mal y mal al bien! ¡Más les valdría no haber nacido!

Oración final: “Dios mío, yo creo, espero, te adoro y te amo. Te pido perdón por los que no creen, ni esperan, ni te adoran, ni te aman” (tres veces).

“Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, yo os adoro profundamente y os ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad, de Nuestro Señor Jesucristo, Presente en todos los sagrarios del mundo, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e indiferencias, con los cuales Él mismo es continuamente ofendido. Por los infinitos méritos de su Sacratísimo Corazón y los del Inmaculado Corazón de María, os pido la conversión de los pobres pecadores. Amén”.

Canto final: “Stabat Mater Dolorosa”.



[1] Cfr. Matthias Joseph Scheeben, Las maravillas de la Gracia divina, Ediciones Desclée de Brower, Buenos Aires 1945, 236.
[2] Cfr. Scheeben, ibidem.
[3] Cfr. Scheeben, ibidem, 238.
[4] Cfr. Scheeben, ibidem.

viernes, 11 de mayo de 2018

Hora Santa en reparación por blasfemia contra el Sagrado Corazón de Jesús en Alemania 040518



Inicio: ofrecemos esta Hora Santa y el rezo del Santo Rosario meditado en reparación por una blasfemia[1] cometida contra el Sagrado Corazón de Jesús en Alemania el pasado 040518. La información relativa al lamentable suceso se puede encontrar en este sitio:


         Canto inicial: “Alabado sea el Santísimo Sacramento del altar”.

Oración inicial: “Dios mío, yo creo, espero, te adoro y te amo. Te pido perdón por los que no creen, ni esperan, ni te adoran, ni te aman” (tres veces).

“Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, yo os adoro profundamente y os ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad, de Nuestro Señor Jesucristo, Presente en todos los sagrarios del mundo, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e indiferencias, con los cuales Él mismo es continuamente ofendido. Por los infinitos méritos de su Sacratísimo Corazón y los del Inmaculado Corazón de María, os pido la conversión de los pobres pecadores. Amén”.

Enunciación del Primer Misterio del Santo Rosario (misterios a elección).

Meditación

Dice así el Sagrado Corazón a Santa Brígida[2]: “Yo soy como el escultor, que de la arcilla hace una hermosa imagen, para dorarla con lucimiento. Después de algún tiempo, examinando el escultor la imagen, la vio húmeda y como desfigurada con el agua; perdida todo su hermosura, la boca había quedado como la de un perro, las orejas colgando, arrancados los ojos, y hundidas las mejillas y la frente. Entonces dijo el artista: No eres digna de que te cubra con mi oro, Y tomándola, la destrozó, e hizo otra digna de ser cubierta con él”. Jesús describe el acto creador por el cual Él, en concurso con el Padre y el Espíritu Santo, crean y dan vida al hombre. Pero la acción del pecado original, figurada en el agua que deforma la imagen de arcilla, deforma a tal punto la imagen de Dios en el alma, que se torna irreconocible, por lo que Dios, el Divino Escultor, decide romper la antigua –borrar el pecado con su Sangre- y realizar una nueva obra –el hombre nuevo nacido por la gracia santificante que brota de su Corazón traspasado y se nos comunica por los sacramentos-. Continúa Jesús: “(…) El amor del placer y de la codicia han afeado al hombre de tal manera, que es indigno de mi oro; porque la boca, que fue creada para mi alabanza, no habla más que de lo que le agrada y es perjudicial al prójimo; sus oídos no oyen sino cosas de la tierra; sus ojos no ven sino lo deleitable; de su frente ha desaparecido la humildad, y se halla erguida con la soberbia”. Jesús había hecho una estatua de barro –la humanidad- para recubrirla con el oro de la divinidad, pero el hombre se hizo indigno de la divinidad, porque con la perversión de sus sentidos dio cabida a todo tipo de pecado, deformando irremediablemente la imagen divina en él impresa por el Creador. Por ese motivo los malos cristianos, en el Día del Juicio, serán sustituidos por los paganos: “Escogeré para mí los paganos menospreciados, pero a vosotros en el Día del Juicio os diré: Se os darán tantos tormentos, cuanto fue vuestro amor en querer el placer más que a vuestro Dios”. En el Día del Juicio, los cristianos que menospreciaron la gracia brotada del Corazón traspasado del Salvador y decidieron vivir según la concupiscencia de la carne y del espíritu, recibirán su pago, la eterna condenación, mientras que serán llamados al Reino los paganos, aquellos que no habían recibido la Buena Noticia pero que, apenas enterados de esta, la abrazan con todas sus fuerzas de las que son capaces.

Silencio para meditar.

Padre Nuestro, Diez Ave Marías, Gloria.

Enunciación del Segundo Misterio del Santo Rosario (misterios a elección).

Meditación

A los Siervos del Divino Amor el Sagrado Corazón les dice así: “Recuerda, Yo soy tu Dios, tu Señor, tu Salvador, tu Maestro, tu Hermano, tu Amigo (…) conozco tus miserias, la aflicción y la tribulación de tu alma, la debilidad y la enfermedad de tu cuerpo, lo mismo la vileza de tus pecados, a pesar de todo Yo te digo dame tu corazón, ámame como eres, si te esperas a ser ángel para abandonarte al amor, no me amarás jamás”. El Sagrado Corazón conoce nuestras miserias, nuestros pecados, nuestras debilidades, pero no quiere que esperemos a ser santos para que lo amemos, porque así no lo amaremos nunca. Él quiere que lo amemos “como somos”, para que Él pueda obrar en nosotros la transformación de nuestros pobres corazones en una imitación viviente del suyo. “Aunque seas débil en la práctica del deber y de la virtud, no te permito que no me ames, “ámame como eres”. En todo instante, en cualquier situación en que te encuentres, en el fervor o en la tibieza, en la fidelidad o en la infidelidad, “ámame como tú eres”, quiero el amor pobre de tu corazón, si esperas a ser perfecto no me amarás jamás (…) Hijo mío (…) quiero con el tiempo transformarte pero por ahora te quiero como eres y deseo que tú hagas lo mismo. Quiero ver surgir del fondo de tu miseria el amor. Amo de ti, hasta tu debilidad; amo tu amor pobre y miserable; quiero que salga de lo más profundo de tu ser, un grito continuo: Jesús te amo. Quiero únicamente el canto de amor de tu corazón”. Jesús quiere de nosotros solo nuestro amor: pobre, limitado, egoísta, lleno de miserias, superficial, pero lo quiere así como es, para que Él infunda en nuestros corazones el fuego del Espíritu Santo, que habrá de quemar en él todo lo que no le pertenece a Dios. “No necesito tu ciencia o tu talento, una sola cosa importa, es el verte vivir amando (…) Quiero que pienses en Mí cada hora del día y de la noche. Quiero que tú hagas, aún la acción más insignificante, sólo por amor. Cuento contigo para que me ames y me des gloria. Cuando tengas que sufrir Yo te daré fortaleza. Dame tu amor y te enseñaré a amar, más allá de lo que nunca has soñado, pero recuerda, ámame como eres. Te he dado a mi Madre, deja todo en su Corazón Purísimo, pase lo que pase”. El Sagrado Corazón mendiga nuestro mísero amor, como un mendigo pide un mendrugo de pan; quiere que lo amemos con nuestro pobre amor porque Él, por medio de su Madre Santísima, cambiará nuestro corazón de piedra en un corazón de carne, inhabitado por el Espíritu Santo, a imagen y semejanza de los Sagrados Corazones de Jesús y María.

Silencio para meditar.

Padre Nuestro, Diez Ave Marías, Gloria.

Enunciación del Tercer Misterio del Santo Rosario (misterios a elección).

Meditación

En una de sus apariciones, el Sagrado Corazón se queja ante Santa Gemma no por los ateos o los mundanos, que no lo conocen y por lo tanto no saben de Él y de su Presencia real en la Eucaristía: se queja por los cristianos, porque se olvidan de Él y lo dejan solo en su Prisión de Amor, el sagrario. Se queja de los cristianos, porque no dedican ni un pensamiento a su sacrificio en cruz hecho solo por amor hacia nosotros. Y no solo se queja, sino que le manifiesta su tristeza, causada por la indiferencia de los cristianos que, o lo dejan solo en el sagrario, o si se reúnen, convierten la Santa Misa en un “teatro de diversiones”. Pero se queja el Sagrado Corazón ante todo por las comuniones de los cristianos hechas, la mayoría de las veces, de modo indiferente y por lo tanto sacrílegas.  Jesús le dice así a Santa Gemma Galgani, refiriéndose a estas comuniones –en donde recibimos al Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús- de los cristianos: “Nadie se cuida ya de Mi amor; Mi corazón está olvidado, como si nada hubiese hecho por su amor, como si nada hubiera padecido por ellos, como si de todos fuera desconocido. Mi corazón está siempre triste. Solo Me hallo casi siempre en las iglesias, y si muchos se reúnen, lo hacen con motivos bien distintos de los que Yo quisiera; y así tengo que sufrir viendo a mi Iglesia convertida en teatro de diversiones; veo que muchos, con semblante hipócrita, me traicionan con comuniones sacrílegas”. No seamos nosotros los que provoquemos la tristeza y la queja de Jesús, no lo dejemos solo en la Prisión de Amor y al recibirlo, hagamos un profundo acto de amor y de adoración interior, que preceda a la comunión de rodillas, como signo externo de adoración.

Silencio para meditar.

Padre Nuestro, Diez Ave Marías, Gloria.

Enunciación del Cuarto Misterio del Santo Rosario (misterios a elección).

Meditación

Santa Margarita María de Alcquoque relata así la segunda gran revelación del Sagrado Corazón: “El divino Corazón se me presentó en un trono de llamas, más brillante que el sol y  transparente como el cristal, con la llaga adorable, rodeado de una corona de espinas y significando las punzadas producidas por nuestros pecados y una cruz en la parte superior... ...la cual significaba que, desde los primeros instantes de su Encarnación, es decir, desde que se formó el Sagrado Corazón, quedó plantado en Él la cruz, quedando lleno, desde el primer momento, de todas las amarguras que debían producirle las humillaciones, la pobreza, el dolor, y el menosprecio que su Sagrada Humanidad iba a sufrir durante todo el curso de su vida y en Su Santa Pasión”. El Sagrado Corazón se muestra envuelto en las llamas del Divino Amor, con su herida producida por la lanza y de la cual brotó la Sangre y el Agua que lavan nuestros pecados y santifican nuestras almas. La cruz significa que Jesús no sufrió solo en la Pasión, sino que comenzó a sufrir místicamente desde el momento mismo de la Encarnación. Por último, la corona de espinas, son nuestros pecados, actuales y habituales, que se materializan y oprimen al Sagrado Corazón, desgarrándolo a cada latido. Luego continúa Santa Margarita: “Me hizo ver (…) que el ardiente deseo que tenía de ser amado por los hombres y apartarlos del camino de la perdición, en el que los precipita Satanás en gran número, le había hecho formar el designio de manifestar su Corazón a los hombres, con todos los tesoros de amor, de misericordia, de gracias, de santificación, y de salvación que contiene”. Es decir, en la devoción al Sagrado Corazón están contenidas todas las gracias necesarias para evitar la eterna condenación en el Infierno, por lo que esta devoción, lejos de ser una devoción sentimentalista y afectiva, es recia y viril, ya que no solo evita la caída en el Infierno, sino que conduce al alma, por el Amor que inhabita en el Sagrado Corazón, a algo que es infinitamente más hermoso que todos los cielos hermosos, el seno del Eterno Padre.

Silencio para meditar.

Padre Nuestro, Diez Ave Marías, Gloria.

Enunciación del Quinto Misterio del Santo Rosario (misterios a elección).

Meditación

El Padre Pío de Pietrelcina era un ferviente devoto del Sagrado Corazón y le rezaba todos los días, pidiendo tres intenciones y basado en las promesas de Jesús en el Nuevo Testamento. La primera intención se basaba en estas palabras de Jesús: “En verdad les digo, pidan y se les dará, busquen y encontrarán, llamen y se les abrirá”. Pidamos al Sagrado Corazón la gracia de la conversión perfecta del corazón y la perseverancia final en la santa fe católica y en las obras de misericordia y pidamos esta gracia para nosotros y nuestros seres queridos y todo el mundo. La segunda petición se basaba en estas palabras de Jesús: “En verdad les digo, pasarán los cielos y la tierra pero mis palabras jamás pasarán”; por lo tanto, confiando en la infalibilidad de sus santas palabras, pidamos la paz del corazón para todos los que se han encomendado a nuestras oraciones. La tercera petición se basa en las siguientes palabras de Jesús: “En verdad les digo, todo lo que pidáis a mi Padre en mi Nombre, se les concederá”. Fiados en su preciosa palabra, pidamos la gracia de ser colocados a las puertas del Infierno, para que nadie más entre ahí, y también pidamos la gracia de participar de su Pasión, recibiendo su Corona de espinas, bebiendo del Cáliz de sus amarguras y sintiendo sus mismas penas, además del amor y las lágrimas de la Inmaculada Virgen María, para amar a Jesús con el amor de la Virgen y para llorar con Ella por nuestros pecados.

Oración final: “Dios mío, yo creo, espero, te adoro y te amo. Te pido perdón por los que no creen, ni esperan, ni te adoran, ni te aman” (tres veces).

“Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, yo os adoro profundamente y os ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad, de Nuestro Señor Jesucristo, Presente en todos los sagrarios del mundo, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e indiferencias, con los cuales Él mismo es continuamente ofendido. Por los infinitos méritos de su Sacratísimo Corazón y los del Inmaculado Corazón de María, os pido la conversión de los pobres pecadores. Amén”.

Canto final: “Plegaria a Nuestra Señora de los Ángeles”.



[1] El hecho se ve agravado por cuanto el “autor” de la imagen blasfema del Sagrado Corazón es nada menos que un neo-obispo, P. Hermann Glettler de Graz, obispo de Innsbruck. La “obra de arte” consistió en cubrir la imagen del Sagrado Corazón de Jesús con setenta y dos (72) luces de colores. La “explicación” de la “obra” es la siguiente: “Corpo e sessualità Settantadue luci sono fissate con filo attorno alla statua del Sacro Cuore in quello che sembra essere un interrogatorio della scultura. Ciascuna delle lampade è puntata verso la figura e la luce fa sì che delle partic specifiche del corpo si illuminino”. Dott.Hermann Glettler, Wounded Light, 2014 Votivkirche, Vienna, Austria, 2014.
[2] Cfr. Visiones y revelaciones, Capítulo 25.

miércoles, 9 de mayo de 2018

Hora Santa en reparación por comunión sacrílega de transexual en Argentina 070518



         Inicio: ofrecemos esta Hora Santa y el rezo del Santo Rosario meditado en reparación por la comunión sacrílega de un transexual en Argentina. La información relativa a tan lamentable hecho se puede verificar en los siguientes enlaces:




Según se desprende de las noticias, el pasado 19 de abril de 2018 un conocido transexual de Argentina cometió un sacrilegio eucarístico en la televisión en vivo. La ocasión fue la fiesta de San Expedito, un mártir armenio que es especialmente venerado en las afueras de Buenos Aires con misas al aire libre. El transexual se acercó a una mujer ministro de la Eucaristía y le pidió la comunión y aunque la conductora y otros hombres en el estudio de televisión trataron de detenerlo, advirtiéndole que no lo haga porque uno debe confesarse y estar en un estado de gracia para recibir la Comunión, el individuo, sin tener en cuenta las advertencias, hizo un gesto al ministro, diciendo sarcásticamente “Bueno, voy a recibirla [Comunión]. No sé cuán libre estoy de pecado, tal vez le dije una pequeña mentira”. Luego de recibir la comunión, el transexual dice burlonamente: “¡Bueno, vamos a ver si me desintegro!”. 
Pediremos por la conversión de quien cometió este acto sacrílego, como así también nuestra propia conversión, la de nuestros seres queridos y por todo el mundo.

Canto inicial: “Alabado sea el Santísimo Sacramento del altar”.

Oración inicial: “Dios mío, yo creo, espero, te adoro y te amo. Te pido perdón por los que no creen, ni esperan, ni te adoran, ni te aman” (tres veces).

“Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, yo os adoro profundamente y os ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad, de Nuestro Señor Jesucristo, Presente en todos los sagrarios del mundo, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e indiferencias, con los cuales Él mismo es continuamente ofendido. Por los infinitos méritos de su Sacratísimo Corazón y los del Inmaculado Corazón de María, os pido la conversión de los pobres pecadores. Amén”.

Enunciación del Primer Misterio del Santo Rosario (misterios a elección).

Meditación

Para recibir la gracia santificante se necesita, como primera condición, es la fe sobrenatural; es el primer paso que lleva a la gracia y sin ella nada podemos hacer[1]. Es la raíz de la que brota todo lo necesario para adquirir la gracia[2]. La fe es necesaria para buscar y hallar la gracia; es necesaria para conocer su valor inestimable y para desearla; para saber dónde buscarla y encontrarla. Ahora bien, la fe que se necesita para conocer la grandeza y la belleza de la gracia divina no es una fe cualquiera; no es una fe puramente humana: es una fe sobrenatural y divina. El motivo es que nuestra razón natural, por los límites propios de la naturaleza humana, no nos proporciona, sino por lejanas analogías, tanto la majestuosidad como la hermosura de la gracia divina. Lo que la razón puede hacer es comparaciones con bienes terrenos perecederos, porque eso es lo que naturalmente conoce, pero o puede ir más allá. Por sí misma, la razón no es capaz de conducirnos a los bienes celestiales de la gracia divina. Por la razón, construiríamos una religión puramente natural, en donde no existiría el cielo ni mucho menos aparecería en nuestro horizonte espiritual el introducirnos en el seno del Eterno Padre: construiríamos una religión meramente natural, religión que trasladaría al más allá los placeres carnales y terrenos y que por lo tanto permanecería en la miserable estrechez de nuestra baja condición humana[3]. Sin la fe sobrenatural, nuestra religión sería una religión puramente natural, invento de hombres y no creación del Hombre-Dios.

Silencio para meditar.

Padre Nuestro, Diez Ave Marías, Gloria.

Enunciación del Segundo Misterio del Santo Rosario (misterios a elección).

Meditación

         La razón es del todo insuficiente para elevarnos a la contemplación de la majestad y hermosura de la gracia. Si nos dejáramos guiar por la razón natural, en nuestros corazones no surgiría nunca ni siquiera la posibilidad de remontarnos, como el águila hacia el sol, para ingresar en el seno del Eterno Padre. La razón natural sólo puede concebir una religión natural, esto es, concebida según los estrechos límites y capacidades de la naturaleza humana. Pero al igual que sucede en el cosmos, que al finalizar la noche aparece la estrella luciente de la mañana que indica la llegada del sol y con él el nuevo día, de la misma manera la fe, al igual que la estrella de la mañana, luce en esta noche de la razón terrena de manera que sea el mismo Dios quien nos revele los misterios de la gracia, haciendo surgir en nuestro interior una imagen de su hermosura, al tiempo que coloca en nuestra alma un deseo inefable de poseer esa belleza que es la gracia santificante. De esta manera, la fe nos despierta del sueño de la razón y nos introduce en el esplendor del Sol de justicia que ilumina el Nuevo Día que así brota en el alma, la vida de la fe, que nos estimula a desear, conquistar y conservar la gracia.

Silencio para meditar.

Padre Nuestro, Diez Ave Marías, Gloria.

Enunciación del Tercer Misterio del Santo Rosario (misterios a elección).

Meditación

Muchos, cuando piensan terrenal y carnalmente, suspiran por los tesoros de la tierra y anhelan encontrar un mapa del tesoro, una vía que los haga descubrir cuáles son los objetos y bienes más preciados de la tierra, como el oro y la plata. Sin embargo, esos bienes son menos que el polvo y el barro cuando se los compara con la gracia sobrenatural, el verdadero y único bien celestial y sobrenatural que el hombre debe procurar para sí y para sus hermanos, si es que de veras los ama. Y la clave de bóveda, o el mapa para llegar al tesoro escondido, o la llave que abre el tesoro del mayor bien que puede obtener el hombre en esta vida, es la fe sobrenatural, por eso hay que pedirla como lo que es, un don inefable del Amor de Dios. Por lo tanto, los cristianos, que poseemos la fe como en germen por el bautismo, debemos esforzarnos por conservarla y acrecentarla, ya que es el camino libre y despejado hacia el tesoro de la gracia santificante[4].

Silencio para meditar.

Padre Nuestro, Diez Ave Marías, Gloria.

Enunciación del Cuarto Misterio del Santo Rosario (misterios a elección).

Meditación

         Con mucha frecuencia y aun sin motivos razonables suficientes, damos crédito a cualquier cosa que –según suponemos- puede concedernos la dicha o el honor. En no pocas ocasiones, cada cual tiene por verdadero no lo que es verdadero en sí, sino lo que cada uno elige que sea verdadero, aun sin serlo. Cada cual elige lo que lo halaga en su vanidad, lo que lo enaltece en su vanagloria y en su amor propio y admite promesas de hombres viles que no tienen ni el deseo ni la capacidad de cumplirlas. Si creemos con prontitud cosas que no son veraces, ni útiles, porque solo satisfacen nuestro orgullo y amor propio, y ni siquiera pueden ser realizadas, porque quien nos las promete ni quiere ni puede cumplirlas, ¿por qué entonces no creemos con prontitud y alegría lo que se nos dice con respecto a la gracia, en cuanto que es un gran honor y nos proporciona un gozo sobrehumano? ¿No es acaso un gran orgullo el ser hijos adoptivos de Dios? ¿Por qué somos reacios a creer en las bondades, majestuosidades y felicidades sin fin que nos trae la gracia, por el solo hecho de hacernos partícipes de la vida de la Santísima Trinidad, Dios Bendito por los siglos? ¿No nos corresponde a nosotros el reproche dirigido por Jesús a los discípulos de Emaús, antes de que éstos lo reconocieran como resucitado: “Hombres tardos de entendimiento, ¡cuánto os cuesta creer lo que os enseña la Santa Madre Iglesia!”? (cfr. Lc 24, 25).

         Silencio para meditar.

Padre Nuestro, Diez Ave Marías, Gloria.

Enunciación del Quinto Misterio del Santo Rosario (misterios a elección).

Meditación

Nuestra fe en los esplendores de la gracia no es vana ni carente de fundamento; por el contrario, es nada menos que la autoridad de Dios la que nos revela sus maravillas y promete que nos las habrá de comunicar. Por esa razón, mediante una fe sincera y leal, debemos y podemos aceptar las grandes y preciosas promesas de la gracia hechas por Dios. La fe en la Palabra de Dios no es un simple sentimiento sino “la substancia”, es decir, es ya “una posesión real de las cosas que esperamos, una prueba de aquellas que no son manifiestas”[5], porque en Dios las aprehendemos con mayor seguridad y firmeza que si las viéramos con nuestros propios ojos y las tocáramos con las manos. Esto es lo que dicen los santos, como Santa Teresa, quien afirmó que ella no envidiaba a los que habían visto al Salvador con sus ojos, pues lo veía de una manera viva con los ojos de la fe en el Santísimo Sacramento del altar. Si la fe es, como nos dice la Iglesia, la posesión real de aquello en lo que se cree, entonces los cristianos somos los hombres más dichosos del mundo, aun en medio de las tribulaciones de la vida y las persecuciones, porque por la fe poseemos al Hombre-Dios Jesucristo que, por la Eucaristía, viene a nuestros pobres corazones.

Oración final: “Dios mío, yo creo, espero, te adoro y te amo. Te pido perdón por los que no creen, ni esperan, ni te adoran, ni te aman” (tres veces).

“Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, yo os adoro profundamente y os ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad, de Nuestro Señor Jesucristo, Presente en todos los sagrarios del mundo, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e indiferencias, con los cuales Él mismo es continuamente ofendido. Por los infinitos méritos de su Sacratísimo Corazón y los del Inmaculado Corazón de María, os pido la conversión de los pobres pecadores. Amén”.

Canto final: “Plegaria a Nuestra Señora de los Ángeles”.

        


[1] Cfr. Concilio de Trento, Ses. VI. c. 6.
[2] Cfr. Matthias Joseph Scheeben, Las maravillas de la Gracia divina, Ediciones Desclée de Brower, Buenos Aires 1945, 231.
[3] Cfr. Scheeben, o. c., 231.
[4] Cfr. Scheeben, Las maravillas, 231.
[5] Cfr. Heb 11, 1.