miércoles, 11 de octubre de 2017

Hora Santa en reparación por sacrilegio contra la Eucaristía en Brasil 220917


         Inicio: ofrecemos esta Hora Santa y el rezo del Santo Rosario meditado en reparación por un inaceptable sacrilegio cometido contra la Eucaristía en Brasil. Según puede observarse en el siguiente enlace, en el video captado por las cámaras de seguridad de una parroquia católica, un fiel se acerca a comulgar y luego de recibir la comunión en la mano, escupe sobre ella, la arroja al suelo con violencia y la pisotea. El enlace en donde se puede ver el lamentable episodio es el siguiente: https://www.youtube.com/watch?v=jVjokXYj2yA
         Como siempre lo hacemos, rezaremos pidiendo la conversión propia y de seres queridos, la de quien cometió este horrible sacrilegio, y la del mundo entero.

Oración inicial: “Dios mío, yo creo, espero, te adoro y te amo. Te pido perdón, por los que no creen, ni esperan, ni te adoran, ni te aman” (tres veces).

“Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, yo os ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, Presente en todos los sagrarios del mundo, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e indiferencias con los cuales Él mismo es continuamente ofendido. Por los infinitos méritos de su Sacratísimo Corazón y los del Inmaculado Corazón de María, os pido la conversión de los pobres pecadores. Amén”.

Canto inicial: “Cantemos al Amor de los amores”.

Inicio del rezo del Santo Rosario (misterios a elección). Primer Misterio.

Meditación.

El misterio de la Presencia real, verdadera y substancial de Jesús, constituye la médula y el centro de nuestra Fe eucarística[1], y es una verdad de Fe que se deriva de otras verdades de Fe –como que Dios es Uno y Trino y la Segunda Persona se encarnó en María Virgen por obra del Espíritu Santo- y de la cual se siguen otras verdades de Fe, propiamente católicas: el Verbo de Dios encarnado prolonga su Encarnación en la Eucaristía y se encuentra en el Sacramento Eucarístico vivo, glorioso y resucitado, con su Ser divino trinitario y su Humanidad Santísima glorificada, de manera tal que, el estar delante de la Eucaristía, es estar delante del Cordero de Dios “como degollado”, ante el cual se postran en adoración los ángeles y santos en el cielo. “Junto con toda la Tradición de la Iglesia, creemos que bajo las especies eucarísticas está Jesús”[2], el mismo Jesús que era junto al Padre desde la eternidad, como Verbo Eterno del Padre; el mismo Jesús que se encarnó por obra del Espíritu Santo en el seno de María Virgen; el mismo Jesús que padeció voluntariamente y sufrió muerte de Cruz para nuestra salvación; el mismo Jesús que luego de sufrir la muerte el Viernes Santo, fue sepultado y resucitó al tercer día; es el mismo Jesús que ascendió a los cielos, está sentado a la derecha del Padre y ha de venir en la gloria a juzgar a vivos y muertos en el Día del Juicio Final; es el mismo Jesús que se encuentra real, verdadera y substancialmente Presente en la Eucaristía, y que con su Espíritu Santo reina en quienes convierten, por la gracia, sus cuerpos en templos del Espíritu y sus corazones en altares en donde se ama y adora a Jesús Eucaristía.

Silencio para meditar.

Padrenuestro, diez Ave Marías, Gloria.

Segundo Misterio del Santo Rosario.

Meditación.

         La Presencia de Jesús en la Eucaristía es “la Presencia real por antonomasia, porque por medio de ella Jesucristo se hace Presente en la realidad de su Cuerpo y de su Sangre”[3]. La Fe católica, la Fe de los Apóstoles, la Fe de los Padres de la Iglesia, la Fe de todos los santos, mártires, vírgenes, doctores de la Iglesia a lo largo de dos mil años sin interrupción, “nos pide que, ante la Eucaristía, seamos conscientes de que estamos ante Cristo mismo”. Ante la Eucaristía, se despliega el asombroso misterio de la Presencia real, verdadera y substancial, del Hijo Eterno del Padre, encarnado en el seno virgen de María, que prolonga su Encarnación en la Eucaristía. Ante nuestros ojos corporales, sobre el altar eucarístico, y oculto bajo el velo de las especies sacramentales, se encuentra el Cordero de Dios “como degollado”, Dios Hijo, omnipotente y todopoderoso, engendrado por el Padre desde la eternidad, nacido en el tiempo de María Virgen, al asumir la Humanidad de Jesús de Nazareth, que prolonga su Encarnación y Nacimiento y todo su Misterio Pascual de Muerte y Resurrección, cada vez, en la Santa Misa. La Eucaristía “no es un mero símbolo”[4], pues actualiza el banquete escatológico del Padre, a la vez que es memorial –memoria que hace presente el misterio del Calvario y de la Resurrección, por el poder del Espíritu Santo, por la liturgia eucarística- de la Pascua y anticipación de la bienaventuranza eterna, pues nos permite vivir, por anticipado, por la adoración y contemplación de su Presencia Eucarística, la adoración y contemplación que, por la Misericordia Divina, esperamos vivir por la eternidad, en el Reino de los cielos, una vez terminada nuestra existencia y peregrinación terrenas. Por la Eucaristía, por el misterio eucarístico, Jesús cumple su promesa de “estar con nosotros todos los días, hasta el fin del mundo” (cfr. Mt 28, 19)[5].

Silencio para meditar.

Padrenuestro, diez Ave Marías, Gloria.

Tercer Misterio del Santo Rosario.

Meditación.

         Por tratarse del más grande misterio de todos los grandes misterios de Dios, la Santa Misa no solo “debe ser celebrada bien” –sin introducir elementos profanos o que contradigan el misterio que se celebra en el altar eucarístico-, sino que debe ser “el centro de la vida cristiana”[6]. La Santa Misa, que es a la vez el culmen y la fuente de la vida cristiana, no solo debe ser celebrada “con toda dignidad y decoro”; no solo debe ser celebrada evitando introducir elementos profanos, originados en ideologías ajenas al Evangelio; no solo debe ser celebrada con la adecuada música sacra y no con música profana, que provoca una afrenta al misterio del altar y no eleva el alma a la unión con Dios; no solo debe ser celebrada rechazando todo elemento que contamine la Fe plurisecular de la Iglesia en la Presencia real, verdadera y substancial de Jesucristo en la Eucaristía, sino que debe ser celebrada con toda piedad, con todo fervor, con todo el amor del que el Pueblo Místico de Dios sea capaz, para responder así, al menos mínimamente, el origen y la causa del misterio eucarístico, que es el Amor Misericordioso de Dios Uno y Trino. Una Santa Misa a la que se asiste por costumbre, de modo mecánico, frío, ausente, indiferente al misterio del altar, es una Santa Misa que no es valorada en la inconmensurable profundidad del misterio del Amor Divino en el que se origina. Para ello, tanto el sacerdote como los fieles, deben “estudiar a fondo la Ordenación General del Misal Romano” y empeñarse en una “profundización del misterio de la salvación que se desarrolla por medio de los signos litúrgicos, por medio de la catequesis “mistagógica”, la cual ayuda a descubrir el sentido de los gestos y palabras de la Liturgia”[7]. De esta manera, se evita la asistencia meramente pasiva a la Santa Misa, a la par que se proporciona al fiel –y también al sacerdote ministerial- un conocimiento sobrenatural que permite “pasar de los signos al misterio, para centrar en el misterio eucarístico la vida entera del cristiano”[8], así como lo está la vida entera de la Iglesia.

Silencio para meditar.

Padrenuestro, diez Ave Marías, Gloria.

Cuarto Misterio del Santo Rosario.

Meditación.

La Fe en la Presencia real, verdadera y substancial de Cristo Dios en la Eucaristía impone una forma de tratar al Santísimo Sacramento del altar, que debe estar en consonancia con lo que se cree. Si en la apariencia de pan ya no hay más substancia de pan, y lo que hay es el Ser divino trinitario, la Persona Divina del Hijo de Dios encarnado, que prolonga su Encarnación en la Eucaristía; si la Eucaristía es el mismo Cordero de Dios al que los ángeles y santos alaban, ensalzan, adoran y aman, postrándose ante su Presencia “día y noche”, entonces en la Iglesia Militante, la Iglesia que peregrina en la tierra hacia el encuentro definitivo con el Cordero de Dios, que tiene la gracia de poseerlo en su seno, en el altar eucarístico, en el sagrario, en cada custodia, no puede no rendirle el homenaje exterior que se merece y que es un reflejo del homenaje, el amor y la adoración interiores que las almas le tributan al Cordero de Dios, Jesús Eucaristía. La conciencia viva de la Presencia real de Cristo en la Eucaristía, se debe testimoniar por el tono de voz[9], los gestos solemnes, el modo de comportarse ante tan sublime misterio, que supera todo lo que podemos decir, imaginar y pensar. Y la adoración eucarística debe ir precedida del más profundo acto de amor del que el hombre sea capaz, ayudado por la gracia, para amar a Jesús Eucaristía no solo con el pobre y limitado amor humano, sino con el Amor mismo con el Padre ama al Hijo y el Hijo ama al Padre, es decir, el Espíritu Santo, y debe ir acompañada también la adoración eucarística y la participación en la Santa Misa, por una profundísima adoración, tanto interior, como exterior, que debe traducirse en la postración del espíritu y del cuerpo ante el Santísimo Sacramento del altar, el Cordero de Dios, Jesús Eucaristía. Y puesto que el Dios del sagrario, Jesús Eucaristía, habla en el silencio, desde la más profunda raíz del alma -siendo Él su Creador, su Redentor y Santificador-, el alma debe participar, además del amor y la adoración, con el silencio[10] interior y exterior más profundo, de manera tal que las almas enamoradas de Jesús Eucaristía sean capaces de elevarse a su contemplación, para que así como las águilas remontan su vuelo en dirección al sol, con la vista fija en su magnífico esplendor, así también las almas que aman al Dios del sagrario sean otras tantas águilas que vuelan a lo alto, hasta el Sol de justicia, Jesús Eucaristía, deleitándose en Él y solo en Él[11], al sentir los latidos de su Sagrado Corazón Eucarístico.

Silencio para meditar.

Padrenuestro, diez Ave Marías, Gloria.

Quinto Misterio del Santo Rosario.

Meditación.

         La adoración eucarística fuera de la misa, debe constituir, para el alma que ama a Dios, el momento privilegiado en el que, imitando a Juan en la Última Cena, en la que el “discípulo amado se recostó sobre el pecho del Salvador”, así el alma amante de Cristo Eucaristía, postrado interior y exteriormente, apoye su alma contra el Corazón Eucarístico del Salvador, para escuchar los dulces latidos de su Eterno Amor. De esta manera, ofrece con su amor la reparación[12] debida frente a los descuidos, olvidos e incluso ultrajes con los que el Salvador del mundo –y también su Santísima Madre- es ultrajado a lo ancho y largo del mundo, incluso por aquellos que deberían ser los primeros en testimoniar su fe y su amor eucarísticos. Y la reparación por medio de la contemplación eucarística puede ser ayudada por la meditación del Santo Rosario[13], debido a que de esta manera el alma no repara y ama sola, sino que repara y ama desde y con el Corazón Inmaculado de la Virgen, Nuestra Señora de la Eucaristía, la Madre de la Eucaristía, Maestra inigualable de amor, contemplación y reparación eucarística. Multipliquemos, tanto personal como grupalmente, las horas de reparación, de adoración eucarística, de rezo del Santo Rosario meditado, postrándonos ante el “Rey de reyes y Señor de señores”, Cristo Jesús, el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo con el amor de su Sagrado Corazón Eucarístico.

Oración final: “Dios mío, yo creo, espero, te adoro y te amo. Te pido perdón, por los que no creen, ni esperan, ni te adoran, ni te aman” (tres veces).

“Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, yo os adoro profundamente, y os ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, Presente en todos los sagrarios del mundo, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e indiferencias con los cuales Él mismo es continuamente ofendido. Por los infinitos méritos de su Sacratísimo Corazón y los del Inmaculado Corazón de María, os pido la conversión de los pobres pecadores. Amén”.

Canto final: “Un día la veré, en célica armonía”.




[1] Cfr. Juan Pablo II, Mane Nobiscum Domine, Carta Apostólica al Episcopado, al Clero y a los Fieles para el Año de la Eucaristía Octubre 2004 – Octubre 2005, II, 16.
[2] Cfr. ibidem.
[3] Cfr. ibidem.
[4] Cfr. ibidem.
[5] Cfr. ibidem.
[6] Cfr. ibidem, 17.
[7] Cfr. ibidem, 17.
[8] Cfr. ibidem, 17.
[9] Cfr. ibidem, 18.
[10] Cfr. ibidem, 18.
[11] Cfr. ibidem, 18.
[12] Cfr. ibidem, 18.
[13] Cfr. Juan Pablo II, Carta Apostólica Rosarium Virginis Mariae; cit. Mane Nobiscum Domine,18.

jueves, 21 de septiembre de 2017

Hora Santa y rezo del Santo Rosario meditado en reparación por ultraje a Jesucristo en Bilbao 230817


         Inicio: ofrecemos esta Hora Santa y el rezo del Santo Rosario meditado en reparación por la burla sacrílega cometida contra Nuestro Señor Jesucristo en ocasión de un festejo regional en el País Vasco. La información relativa a tan lamentable hecho se encuentra en el siguiente enlace:
La blasfema exposición no solo atenta contra los sentimientos religiosos más profundos de los fieles sino, lo que es mucho más grave aún, constituye un gravísimo atentado contra la majestad de Dios Trino. De ahí la necesidad imperiosa de la reparación. Rezaremos pidiendo la conversión propia y de seres queridos, la de quienes cometieron este sacrilegio, y la del mundo entero.

Oración inicial: “Dios mío, yo creo, espero, te adoro y te amo. Te pido perdón, por los que no creen, ni esperan, ni te adoran, ni te aman” (tres veces).

“Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, yo os ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, Presente en todos los sagrarios del mundo, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e indiferencias con los cuales Él mismo es continuamente ofendido. Por los infinitos méritos de su Sacratísimo Corazón y los del Inmaculado Corazón de María, os pido la conversión de los pobres pecadores. Amén”.

Canto inicial: “Cantemos al Amor de los amores”.

Inicio del rezo del Santo Rosario (misterios a elección). Primer Misterio.

Meditación.

         En la Oración Colecta de la Fiesta de la Exaltación de la Cruz pedimos a Dios que a quienes “en la tierra hemos reconocido el Misterio” de la Cruz, nos conceda alcanzar “en el cielo el premio de su Redención”[1]. La Cruz es el Divino Libro, cuyo conocimiento en la tierra le corresponde el premio eterno en el Reino de los cielos. Quien estudia en este verdadero y único Libro de la Vida, Jesús crucificado, y toma lecciones de la Divina Maestra, la Virgen de los Dolores, adquiere un conocimiento y una sabiduría divina de tal grado, que le capacita para superar todas las tribulaciones de la vida terrena, además de alcanzar el gozo eterno en el Reino celestial. En la Santa Cruz, Aquel que cuelga del madero, no es un hombre más entre tantos; no es ni siquiera un hombre sabio, ni el más sabio y santo entre los sabios y santos: el que cuelga del madero es Dios, es Cristo Dios, y por eso, quien se une a la Cruz, quien postrado ante la Cruz se abraza a ella, se postra ante Dios y se une a Dios y Dios, con el Espíritu Santo que brota con la Sangre de su Corazón traspasado, lo une a Él, en una íntima comunión de vida y amor. Si el cielo es la posesión de Dios, entonces la Santa Cruz es el cielo en la tierra, porque es la posesión de Dios, para el pobre hombre pecador y mortal, en anticipo de la posesión que espera, por la Misericordia Divina, por la contemplación de la Trinidad y el Cordero en los cielos.

Silencio para meditar.

Padrenuestro, diez Ave Marías, Gloria.

Segundo Misterio del Santo Rosario.

Meditación.

         Los hombres se esfuerzan por adquirir conocimientos terrenos, puesto que el conocimiento, en el decir de muchos, es igual a poder, prestigio, posición o estatus social. Muchos dejan la vida por estos conocimientos mundanos, porque anhelan lo que estos conocimientos dan, que es la gloria de los hombres. Sin embargo, pocos, muy pocos, son los que anhelan la Sabiduría de la Cruz, la única sabiduría que nos concede algo infinitamente más grande que poder, prestigio o estatus, y es la vida eterna. Sólo la Cruz es el verdadero y único camino al cielo, pues en la Cruz está Jesús, Camino, Verdad y Vida. Cristo es el Portador de la Cruz, es el que murió en la Cruz y es el que venció en la Cruz, porque si bien, visto con los solos ojos humanos, y sin la Fe católica, la Cruz parece el más completo fracaso –Cristo muere abandonado de sus amigos, con la sola compañía de su Madre, en medio de grandes dolores y con la aparente victoria de sus enemigos terrenales y preternaturales, los ángeles caídos-, sin embargo la Cruz es el más completo triunfo de Dios, porque en la Cruz, Cristo vence, de una vez y para siempre, a los tres grandes enemigos de la humanidad, el Demonio, el Pecado y la Muerte, además de concedernos el perdón divino y la filiación divina, con el don de su Sangre  Preciosísima derramada en la Pasión y en el Monte Calvario. Jesucristo es el Triunfador de la Cruz[2]. La Cruz, de instrumento de ignominia y tortura se convierte, en Cristo y por Cristo, en glorioso y victorioso signo del más completo y absoluto triunfo de Dios sobre los enemigos del hombre, porque el que triunfa en ella es el Rey de reyes y Señor de señores, Cristo Jesús, el Hombre-Dios. La Cruz, por estar impregnada por la Sacrosanta Sangre del Cordero, es signo de triunfo divino y de realeza celestial y es signo del Triunfo final del Señor que, consumado en el Calvario, será visible a todos los ángeles y santos en el Día del Juicio Final: “Cuando el Señor venga a juzgar, aparecerá en el cielo esta señal de la Cruz”[3]. ¡Oh María Santísima, Nuestra Señora de los Dolores, oh Maestra Incomparable que enseñas la sabiduría de la Cruz a quienes se postran en adoración ante la Santa Cruz de tu Hijo Jesús, iluminados por ti, haz que aprendamos la única Sabiduría necesaria, la única Sabiduría que conduce al Cielo, la Sabiduría de la Cruz! 

         Silencio para meditar.

Padrenuestro, diez Ave Marías, Gloria.

Tercer Misterio del Santo Rosario.

Meditación.

La Cruz es “locura para los que se pierden” (cfr. 1 Cor 1, 18), pero a los ojos de los hijos de Dios, iluminados por la luz del Espíritu Santo, la Cruz es poder de salvación, porque en la Cruz se manifiesta “el poder de Dios”, que cambia la muerte del hombre por vida divina, el pecado por gracia, la dominación de la Serpiente Antigua sobre la humanidad en libertad de la esclavitud de los ángeles caídos; en la Cruz, Cristo Dios cambia la Justa Ira de Dios sobre el hombre, en puerta abierta de la Misericordia Divina, que se derrama sobre las almas como un océano infinito desde su Corazón traspasado; en la Cruz, Cristo Dios vuelve al hombre, creatura débil, en hijo suyo que vence al Demonio, al Pecado y a la Muerte, cuando se el hombre se une a su sacrificio en Cruz; en la Cruz, Cristo es la maravillosa conjunción de la Sabiduría infinita y del Amor misericordioso y eterno de Dios. En la Cruz, Cristo Dios cambia el dolor del hombre caído en pecado, en alegría celestial al saberse por Dios perdonado; en la Cruz, Cristo Dios cambia la derrota del hombre en victoria del Hombre-Dios; por su muerte en Cruz, Cristo Dios cambia el signo de lo que era oprobio, ignominia y humillación, en gloria celestial manifestada en sus gloriosas heridas y en su Preciosísima Sangre; en la Cruz, Cristo Dios manifiesta, a través de su Cuerpo Santísimo martirizado, cubierto de golpes, de heridas abiertas y de su Sangre, la majestad, la gloria divina, la santidad divina. En la Cruz, Cristo Dios cambia la desesperación del hombre sin Dios en alegre y festiva esperanza del hombre que, postrado a los pies del Cordero Inmolado, se llena de gozo al haber encontrado en Cristo crucificado, no solo el sentido de su existencia terrena, sino el Camino que lo conduce al cielo, la Verdad sobre Dios Uno y Trino y su Mesías, el Verbo de Dios encarnado que prolonga su Encarnación en la Eucaristía, y la Vida divina, la misma vida de Dios Trino, que le es comunicada por la Sangre Preciosísima del Cordero, por la salvación de los hombres derramada. ¡Salve, oh Cruz Santa, tú eres el Único Camino a Dios Trinidad; tú eres la Única Verdad de Dios; tú eres la Vida divina que, recibida en germen por la gracia, esperamos vivirla en plenitud en la gloria del cielo!

Silencio para meditar.

Padrenuestro, diez Ave Marías, Gloria.

Cuarto Misterio del Santo Rosario.

Meditación.

La Cruz es signo de contradicción, porque El que cuelga de la Cruz, es Él mismo signo de contradicción, tal como lo profetizó el anciano Simeón: “Puesto está para caída y levantamiento de muchos en Israel y para blanco de contradicción; y una espada atravesará tu alma, para que se descubran los pensamientos de muchos corazones” (Lc 2, 34ss). Jesús crucificado –Jesús en todo su misterio pascual- es signo de contradicción: en torno a su Persona divina –Él es el Verbo de Dios encarnado en la naturaleza humana de Jesús de Nazareth- se dividen los espíritus; frente a Él, se hacen manifiestos los pensamientos más íntimos y ocultos que, de otra forma, el hombre mantiene escondidos y encubiertos. Frente a Jesús crucificado, es imperioso tomar una decisión, o por Él o contra Él: “El que no está conmigo, está contra Mí” (Mt 12, 30). ¿Cómo saber si estamos con Jesús, o contra Jesús? ¿Cómo saber si cargamos la Cruz, en pos de Jesús, o por el contrario, la dejamos de lado y seguimos por otro camino, que no conduce a Dios? La manera de saberlo, es meditando acerca de sus palabras: “Yo he venido para dar testimonio de la Verdad” (Jn 18, 37). Jesús es la Verdad, la Única, Suprema y Absoluta Verdad acerca de Dios, y si Él no nos lo hubiera revelado, jamás podríamos saber Quién es Dios en su esencia; no habríamos podido saber que en Él hay Tres Personas divinas, iguales en majestad, poder y honor, que no hay tres dioses, sino Uno solo, Dios Uno y Trino; si Jesús no nos hubiera revelado la Verdad acerca de Dios, no podríamos haber sabido que Él es la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, encarnada en la naturaleza humana de Jesús de Nazareth, que prolonga su Encarnación en la Eucaristía, y que “ha venido para destruir las obras del Diablo” (cfr. 1 Jn 3, 8). Si permanecemos en la Verdad, entonces permanecemos en Cristo y Cristo crucificado. Si negamos la Verdad, negamos al Hombre-Dios Jesucristo, negamos su Encarnación y Pasión salvadora, negamos su Presencia substancial en la Eucaristía y nos hacemos súbditos del “Padre de la mentira”, el Demonio (cfr. Jn 8, 44). El que es de Dios, se postra ante Cristo crucificado, ante el Jesús Eucarístico, “lo ama y lo adora en su infinita majestad, y permanece en la Verdad y la Verdad permanece en él” (cfr. 1 Jn 3, 24; cfr. Jn 14, 23).

Silencio para meditar.

Padrenuestro, diez Ave Marías, Gloria.

Quinto Misterio del Santo Rosario.

Meditación.

Jesús es la Verdad divina, eterna, encarnada, que murió en la Cruz por la verdad[4]: por la verdad de Dios y por la verdad del hombre: Jesús murió en la Cruz por la verdad de Dios, porque fue Él quien nos reveló el Amor de Dios en su misterio pascual, y fue Él quien, desde la Cruz, nos donó el Espíritu Santo, el Divino Amor, con la Sangre que brotó de su Corazón traspasado, y es Él quien, junto con el Padre, nos insufla el Espíritu Santo, el Amor de Dios, en cada comunión eucarística –el Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo-, convirtiendo cada comunión en un pequeño Pentecostés, en un Pentecostés nuevo, personal, Don de dones inimaginable para el alma. Jesús es la Verdad que muere en la Cruz por la verdad el hombre: el hombre no está en esta vida para “pasarla bien”; tampoco para “prosperar”, ni para vivir en el placer: el hombre, nos dice Jesús desde la Cruz, está en esta vida para decidirse por Dios o contra Dios, y puesto que ese Dios está en la Cruz, quien se decide por Dios, se decide por la Cruz; el hombre está en esta vida para evitar la eterna condenación en el Infierno, y como Cristo Dios venció en la Cruz al Infierno, quien se aferra a la Cruz y se deja bañar por la Sangre del Cordero degollado, por esa Sangre Preciosísima, vence al Infierno y salva su alma; el hombre, nos dice Jesús desde la Cruz, está en esta vida para recibirlo a Él, que es la Luz Increada, que nos da la gracia de ser hijos adoptivos por el Bautismo sacramental, y como Dios nos adopta a través de la Virgen María, Madre de los hijos de Dios, quien se postra ante la Cruz, con fe, con amor y piedad, recibe la gracia de la filiación divina y el amor materno de la Virgen, comenzando así a vivir una vida nueva, la vida de los hijos de la Luz Increada, la vida de los hijos adoptivos de Dios Uno y Trino.

         Oración final: “Dios mío, yo creo, espero, te adoro y te amo. Te pido perdón, por los que no creen, ni esperan, ni te adoran, ni te aman” (tres veces).

“Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, yo os adoro profundamente, y os ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, Presente en todos los sagrarios del mundo, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e indiferencias con los cuales Él mismo es continuamente ofendido. Por los infinitos méritos de su Sacratísimo Corazón y los del Inmaculado Corazón de María, os pido la conversión de los pobres pecadores. Amén”.

Canto final: “Plegaria a Nuestra Señora de los Ángeles”.


                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                      



[1] Cfr. Odo Casel, Misterio de la Cruz, 158ss.
[2] Casel, o. c., 159.
[3] Versículo del Oficio de las fiestas de la Santa Cruz; cfr. Mt 24, 30; Didajé 16, 6ss.
[4] Cfr. Casel, o. c., 161.

viernes, 15 de septiembre de 2017

Hora Santa y Santo Rosario meditado en reparación por gravísima profanación a la Eucaristía en Porto Alegre, Brasil 91117


         Inicio: una vez más, el objeto de fe más preciado de los católicos, la Sagrada Eucaristía, ha sido horriblemente profanada. Esta vez ha sucedido en Porto Alegre, Brasil, en donde, con ocasión de una pretendida “pseudo-apertura” hacia los que “piensan distinto” (sic), se profanó la Eucaristía, la Persona de Nuestro Señor Jesucristo, su Santísima Madre y prácticamente toda la Fe católica. La información acerca de tan lamentable suceso puede consultarse en el siguiente enlace:
         Ofreceremos, por lo tanto, en reparación, esta Hora Santa y el rezo del Santo Rosario meditado. Para las meditaciones, utilizaremos la Carta Apostólica Mane Nobiscum, de Juan Pablo II, sobre el misterio eucarístico. Pediremos por nuestra conversión, la de nuestros seres queridos, la de quienes cometieron este horrible ultraje a la Eucaristía, y la conversión del mundo entero.

         Oración inicial: “Dios mío, yo creo, espero, te adoro y te amo. Te pido perdón, por los que no creen, ni esperan, ni te adoran, ni te aman” (tres veces).

“Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, yo os ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, Presente en todos los sagrarios del mundo, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e indiferencias con los cuales Él mismo es continuamente ofendido. Por los infinitos méritos de su Sacratísimo Corazón y los del Inmaculado Corazón de María, os pido la conversión de los pobres pecadores. Amén”.

Canto inicial: “Cantemos al Amor de los amores”.

Inicio del rezo del Santo Rosario (misterios a elección). Primer Misterio.

Meditación.

         La Eucaristía, esto es, la Presencia real, verdadera y substancial del Señor Jesús, el Hijo de Dios encarnado, que prolonga su Encarnación en la Eucaristía, no puede ser contemplada sino a la luz del Espíritu Santo. Hasta tanto no sucede esta iluminación, el alma no reconoce a Jesús Eucaristía, confundiéndolo con un trozo de pan bendecido, de manera análoga a como los discípulos de Emaús, razonando con sus mentes y sin la luz del Espíritu Santo, no reconocieron a Jesús resucitado que se les había aparecido en el camino, confundiéndolo con un forastero. Sólo cuando Jesús, en la fracción del pan, insufla sobre sus almas el Espíritu Santo, es que los discípulos de Emaús reconocen a Jesús resucitado, al tiempo que sus corazones arden en el Amor de Dios. Este conocimiento y amor sobrenaturales de Jesús, dado por el Espíritu Santo, es el que se produce en el alma, en la Santa Misa, en la fracción del Pan; hasta que no sucede esta iluminación, el alma permanece en la oscuridad de su propia razón humana, sin poder apreciar el misterio eucarístico. La razón es que el prodigio de la transubstanciación, milagro por el cual, por las palabras de la consagración –“Esto es mi Cuerpo”, “Esta es mi Sangre”-, el pan se convierte en el Cuerpo y el vino en la Sangre de Jesús, el Hombre-Dios, no puede ser captado por la inteligencia de creatura alguna, ni humana ni angélica, sino es revelado de lo alto, mientras que si solo se tratara de una “trans-significación de las especies” –doctrina errónea que afirma que la Presencia real no se entiende como material, sino como presencia real espiritual, con lo cual el pan sigue siendo pan y el vino sigue siendo vino, sí puede ser captado por las inteligencias creaturales. Pero creer en la trans-significación y no en la transubstanciación, es negar la Fe católica de veinte siglos, para reemplazarla por un credo humano, y es negar las palabras mismas del Salvador acerca de su Presencia Eucarística. Como dice Juan Pablo II, el hombre está siempre tentado a reducir a su propia medida la Eucaristía, mientras que en realidad es él quien debe abrirse a las dimensiones del Misterio. La Eucaristía es un don demasiado grande para admitir ambigüedades y reducciones”[1]. Por esa razón, debemos siempre implorar a la Madre de la Eucaristía, María Santísima, que nos alcance la gracia de no reducir nunca el Misterio Eucarístico a los estrechos límites de nuestra razón, y que sea siempre el Espíritu Santo quien nos ilumine y nos descubra los inagotables dones del Corazón Eucarístico de Jesús.

         Silencio para meditar.

Padrenuestro, diez Ave Marías, Gloria.

Segundo Misterio del Santo Rosario.

Meditación.

         La Eucaristía, el don más preciado del Corazón de Dios Padre, nació en la Última Cena, la Primera Misa, “la noche del Jueves Santo en el contexto de la cena pascual”[2]. Si bien es la anticipación incruenta y sacramental del Santo Sacrificio de la Cruz –de hecho, es de la Cruz de donde obtiene su virtus divina- y, como tal, “tiene un sentido profunda y primordialmente sacrificial”[3], la Eucaristía, como dice el Papa Juan Pablo II, “nace en el ámbito de la Última Cena, del convite pascual, lo cual nos habla acerca de la relación que Dios quiere entablar con nosotros, el del convite[4]. Pero se trata de un convite absolutamente especial, desconocido para el hombre, imposible siquiera de imaginar, porque el manjar servido en este convite, preparado por Dios Padre para el hombre pecador, es nada menos que la Carne del Cordero de Dios, asada en el Fuego del Espíritu Santo; el Pan de Vida eterna, el Cuerpo resucitado y glorioso de Jesús de Nazareth, y el Vino de la Alianza Nueva y Eterna, la Sangre del Hombre-Dios Jesucristo. Se trata de un convite muy especial, porque el alimento que se brinda al hombre pecador proviene del cielo, por pura gracia y misericordia divina, y aquello con lo que el alma en gracia se nutre, es la substancia misma de su Creador, su Redentor y su Santificador. Al revés de lo que sucede con la ingesta de alimentos terrenos, en el Banquete Pascual que es la Santa Misa, el alimento que nutre al alma, la substancia divina, no se convierte en parte del cuerpo del hombre que comulga, sino que es el hombre quien, en realidad, es asimilado por Dios, desde el momento en que, por la comunión, Dios hace partícipe al hombre de su propia divinidad. Por el Banquete Pascual el hombre se diviniza, al ser asimilado, por el Espíritu Santo, al Cuerpo glorioso del Redentor y, en Cristo Jesús, ser conducido al seno del Eterno Padre.

         Silencio para meditar.

Padrenuestro, diez Ave Marías, Gloria.

Tercer Misterio del Santo Rosario.

Meditación.

         Puesto que Cristo es Dios, su Presencia real, verdadera y substancial en la Eucaristía comprende un misterio dentro de otro misterio, y es el de la eternidad del Ser divino trinitario, que se hace Presente en nuestro “hoy”, en nuestro “aquí y ahora”, en nuestro tiempo terreno. La eternidad del Ser divino trinitario comprende y abarca, misteriosamente, el pasado, el presente y el futuro, puesto que la eternidad “penetra”, por así decirlo, en el tiempo terreno, lo impregna de sí misma y lo conduce hacia el vértice espacio-tiempo en el que, confluyendo el tiempo y la eternidad, el tiempo desaparece para dar lugar a la eternidad. En efecto, la Presencia real es un misterio porque al tiempo que “actualiza el pasado”[5] –es la renovación incruenta y sacramental del Santo Sacrificio de la Cruz, llevado a cabo hace veinte siglos-, se hace Presente en nuestro “hoy”, en nuestro tiempo presente, trayéndonos a nosotros lo ocurrido hace veinte siglos, y nos proyecta al mismo tiempo al futuro, hacia la Segunda Venida en gloria de Jesucristo, pues su Presencia Eucarística es un anticipo, en el tiempo, de esa Segunda Venida, constituyendo así la Eucaristía, el fundamento admirabilísimo de la Fe, la Caridad y la Esperanza del cristiano, porque gracias al Sacrificio del Hombre-Dios, el pasado del hombre es redimido de su pecado; por la Presencia real el presente del hombre es santificado, y por la proyección del Santo Sacrificio al futuro, esto es, a la eternidad, en el horizonte del hombre aparece algo imposible siquiera de imaginar, si no hubiera sido revelado, y es la glorificación de su cuerpo y alma si persevera hasta el final de sus días en la fe y en las buenas obras. Al tiempo que es una respuesta al pedido de los discípulos de Jesús –“Quédate con nosotros”-, la Presencia real es así el cumplimiento cabal de Jesucristo realizada en el Evangelio[6], en la plenitud de los tiempos: “Yo estaré con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo” (Mt 28, 20) y que abarca todos los tiempos del hombre, pasado, presente y futuro, para proyectarlos hacia la feliz eternidad. Esta es la razón por la cual, para el católico, no existe la palabra “desesperación”, pues aun en medio de las persecuciones y tribulaciones del tiempo presente, su mirada se eleva hacia la Eucaristía, en donde su pasado pecador es redimido en la Cruz, su Presente es santificado por la gracia que de la Eucaristía brota como de su Fuente inagotable –Jesús es la Gracia Increada- y su futuro queda firmemente anclado en la esperanza de la gloria futura, en la feliz bienaventuranza, la contemplación por los siglos sin fin de Dios Uno y Trino y del Cordero.

          Silencio para meditar.

Padrenuestro, diez Ave Marías, Gloria.

Cuarto Misterio del Santo Rosario.

Meditación.

         Todo el edificio dogmático del Magisterio de la Iglesia Católica; toda la Fe de los miembros de su Cuerpo Místico; toda la esperanza de los bautizados; toda la caridad con la que vivieron y murieron los santos y mártires de todos los tiempos, se fundamenta en una sola Verdad: el misterio de la Presencia real, verdadera y substancial de Nuestro Señor Jesucristo en la Eucaristía[7]. Esta Presencia es “real” porque es la Presencia real por antonomasia, porque por medio de ella el Hombre-Dios Jesucristo se Presente con su Ipsum Esse Subsistens, con su Acto de Ser divino trinitario, y por lo tanto, con su substancia divina presente en la realidad de su Cuerpo y de su Sangre[8]. Esta es la razón por la cual la Fe católica nos dice que cuando estamos frente a la Eucaristía, nos encontramos ante el más asombroso misterio de todos los misterios asombrosos de la Iglesia Católica: delante de nuestros ojos, velados a los ojos del cuerpo, pero “visibles” a los ojos de la Fe, se encuentra el Cordero de Dios, Jesucristo, la Segunda Persona de la Trinidad, encarnada en el seno purísimo de María Virgen y que asume hipostáticamente, en su Persona divina, a la Humanidad perfectísima de Jesús de Nazareth, y que prolonga su Encarnación, por la liturgia eucarística, en el Santísimo Sacramento del altar. En otras palabras, y como dice el Papa Juan Pablo II, “La Fe nos pide que, ante la Eucaristía, seamos conscientes de que estamos ante Cristo mismo”[9]. El dogma de la Presencia real, verdadera y substancial del Hijo de Dios encarnado, que prolonga su Encarnación en la Eucaristía, posee un sentido y valor de eternidad que “supero todo simbolismo”. Si la Presencia de Jesús fuera solo simbólica, como se pretende en la trans-significación, no podríamos decir -como sí lo afirmamos por la Transubstanciación- que, ante la Eucaristía, nos encontramos ante la Eternidad en sí misma, pues como la Eucaristía es Dios Hijo en Persona y “Dios es su misma eternidad”, la Eucaristía es Dios Eterno, Tres veces Santo, que se nos manifiesta de modo sublime en apariencia de pan. Por la Transubstanciación, la Eucaristía es Dios Eterno, Cristo Jesús, que se nos manifiesta ante nuestros ojos corporales como si fuera pan, pero ya no es más pan, porque ese Pan Vivo, que da la vida eterna, es la Carne gloriosa y resucitada del Cordero de Dios, asada en el Fuego del Espíritu Santo.

          Silencio para meditar.

Padrenuestro, diez Ave Marías, Gloria.

Quinto Misterio del Santo Rosario.

Meditación.

         La Eucaristía, dice Juan Pablo II, es un “gran misterio”, y nosotros podemos agregar que es el más grandioso de todos los grandiosos misterios de Dios. Por esta razón, la Eucaristía no solo no puede y no debe ser celebrada de modo rutinario, mecánico, distraído, indiferente, sino que debe ser celebrada –tanto por el sacerdote ministerial, como por parte de los fieles-, con el más grande amor, la más grande piedad, el más grande fervor. Es decir, no basta con celebrarla “decorosamente”, con la música litúrgica adecuada, sino que debe ser celebrada como lo que es: el inefable misterio de un Dios que, llevado por su Amor Eterno por los hombres, se dona a sí mismo, en la Cruz y en la Eucaristía, con su Cuerpo, su Sangre, su Alma, su Divinidad, y todo el Eterno Amor de su Divino Corazón. Puesto que lo que mueve a Dios a donarse a sí mismo al hombre, no es la obligación ni la necesidad –Dios no tiene ni la obligación de rescatarnos de nuestra malicia libremente elegida, el pecado, ni tiene en absoluto necesidad de nosotros para Ser-, sino el Amor –el Amor Eterno, Infinito, Incomprensible, de su Corazón de Dios Trino-, esto significa que, en la participación de la Sagrada Liturgia Eucarística y sobre todo en el momento de la Comunión Eucarística debemos, llevados por la Virgen, Nuestra Señora de la Eucaristía, postrarnos ante su Presencia real y abrir el corazón de par en par, y así recibir, con el corazón en gracia, con todo el amor del que seamos capaces, a Jesús, el Dios de la Eucaristía.

          Oración final: “Dios mío, yo creo, espero, te adoro y te amo. Te pido perdón, por los que no creen, ni esperan, ni te adoran, ni te aman” (tres veces).

“Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, yo os adoro profundamente, y os ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, Presente en todos los sagrarios del mundo, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e indiferencias con los cuales Él mismo es continuamente ofendido. Por los infinitos méritos de su Sacratísimo Corazón y los del Inmaculado Corazón de María, os pido la conversión de los pobres pecadores. Amén”.

Canto final: “Plegaria a Nuestra Señora de los Ángeles”.




[1] Cfr. Juan Pablo II, Carta Apostólica Mane Nobiscum al Episcopado, al Clero y a los Fieles para el Año de la Eucaristía Octubre 2004 – Octubre 2005, II, 14.
[2] Cfr. ibidem, 15.
[3] Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, Instr. Redemptionis Sacramentum, sobre algunas cosas que se deben observar o evitar acerca de la Santísima Eucaristía (25 de marzo 2004), 38: L’Osservatore Romano, ed. en lengua española, 30 abril 2004, 7; cit. en Juan Pablo II, Mane Nobiscum, 15.
[4] Cfr. Mane Nobiscum, 15.
[5] Cfr. Mane Nobiscum, 16.
[6] Cfr. Mane Nobiscum, 16.
[7] Cfr. Juan Pablo II, Mane Nobiscum, 16.
[8] Cfr. Enc. Mysterium fidei (3 de septiembre 1965), 39: AAS 57 (1965), 764; S. Congregación de Ritos, Instr. Eucharisticum mysterium, sobre el culto del misterio eucarístico (25 mayo 1967), 9: AAS 59 (1967), 547; cit. en Juan Pablo II, Mane Nobiscum, 16.
[9] Cfr. Mane Nobiscum, 16.