viernes, 11 de enero de 2013

“Felices porque véis y oís lo que otros quisieron ver y oír y no pudieron”



“Felices porque véis y oís lo que otros quisieron ver y oír y no pudieron” (cfr. Mt 13, 10-17). Jesús proclama una nueva bienaventuranza, que se suma a las del Sermón de la Montaña: no sólo son felices, bienaventurados, los misericordiosos, los pobres de espíritu, los perseguidos, sino que también son felices –o bienaventurados- quienes ven y oyen lo que muchos patriarcas y profetas quisieron ver y oír pero no pudieron.
¿Qué es lo que los patriarcas y profetas anhelaban ver y oír y no pudieron, en cambio, los discípulos de Jesús sí? Podríamos pensar que los patriarcas y profetas anhelaban ver y oír los milagros del Mesías; pero no se trata de los milagros de Jesús: los patriarcas y profetas querían ver y oír, más que los milagros del Mesías, al Mesías en Persona.
Después de todo, era lo que más esperaban, era por el Mesías que su existencia como patriarcas y como profetas cobraba todo su sentido y significado, aunque sería egoísta de su parte esperar al Mesías solo para ver confirmados sus lugares en medio del Pueblo de Israel. En realidad, a los patriarcas y a los profetas les importaba y deseaban la llegada del Mesías no porque los confirmaría en su calidad de patriarcas y de profetas, ya que en su humildad, esto no les interesaba, sino que, con la llegada del Mesías, estarían seguros de que las profecías hechas a Israel se cumplían, de que Israel sería conducida a la Tierra de la Paz de la mano del Mesías.
Pero, a pesar de sus deseos, a pesar de haber sido nombrados por Dios mismo como patriarcas y profetas, no pudieron ver al Mesías en Persona, y en cambio, sí es eso lo que los discípulos ven: al Mesías en Persona, y la visión del Mesías y el escuchar sus palabras es lo que los vuelve bienaventurados o felices.
Sin embargo, Dios es inefable, y la felicidad que describe para sus discípulos por ver y oír lo que otros quisieron pero no pudieron, encierra mucho más de lo que ser: los discípulos ven y oyen más aún de lo que ni siquiera sospechaban los patriarcas y los profetas, porque estos querían ver al Mesías, y los discípulos ven al Mesías, pero ven a Alguien en ese Mesías, y ese Alguien es el Hijo eterno de Dios Padre, encarnado en una naturaleza humana.
Los discípulos son bienaventurados y felices no sólo por ver al Mesías, sino por saber que este Mesías no es un hombre, sino el Hombre-Dios, Dios Hijo encarnado, y que su palabra es la Palabra de Dios Padre, la Sabiduría eterna encarnada en una naturaleza humana. Los discípulos son bienaventurados y felices porque este conocimiento sobrenatural y misterioso sobre el Mesías no viene de de una deducción de sus mentes, sino por la iluminación del Espíritu Santo, quien los ilumina para que conozcan la verdadera identidad del Mesías, Cristo Jesús, y conociéndolo, lo amen, y amándolo, lo adoren. Esto quisieron ver y oír patriarcas y profetas, y no pudieron.
Esto, que hizo felices y bienaventurados a los discípulos en tiempos de Jesús, hace bienaventurados a todos los miembros de la Iglesia, porque ese Mesías, Cristo Jesús, está en Persona, con su ser divino, en el sacramento del altar, que se dona como banquete celestial, como Pan de Vida eterna. Así cobra sentido la otra bienaventuranza proclamada por la Iglesia: “Felices los invitados al banquete celestial, al banquete del Cordero de Dios”. 

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