martes, 21 de noviembre de 2017

La Adoración Eucarística, un anticipo en la tierra de la felicidad eterna del Cielo



(Homilía en ocasión del quinto aniversario del Oratorio de Adoración Eucarística Perpetua "Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús, de Villa Alberdi, Tucumán)

         Cuando los católicos nos referimos a la Eucaristía, tenemos tendencia a hablar de la misma como si fuera “algo”; es decir, tenemos tendencia a reducirla a “una cosa”. Por supuesto, algo sagrado, una cosa sagrado, pero no deja de ser algo o una cosa. Nos dejamos llevar más por los sentidos, que por lo que nuestra Fe católica nos enseña. Los sentidos nos dicen que la Eucaristía es un poco de pan sin levadura, de forma circular, que ha sido bendecido en una ceremonia religiosa y que por eso merece un trato especial. Por lo general, nos quedamos con esta idea. Y mucho más, cuando comulgamos distraída o mecánicamente: el sentido del gusto nos confirma lo que –erróneamente- hemos deducido por el sentido de la vista: la Eucaristía sabe a pan sin levadura, tiene el gusto de pan sin levadura. Para colmo de males, acostumbrados como estamos en esta sociedad hedonista, la Comunión Eucarística no sabe a manjar, ni mucho menos. Tiene el sabor de un poco de pan sin levadura, sin sal, desabrida. Y cuando el sacerdote manipula la Hostia consagrada, también recibe la misma sensación de parte de su sentido táctil: la Eucaristía, al ser tocada por las manos consagradas del sacerdote, tiene la textura de un poco de pan sin levadura.
         Este hecho, el dejarnos llevar por lo que vemos y sentimos y por lo que nuestra débil razón humana nos dice, contribuye a que le demos a la Eucaristía la característica de “algo” y contribuye también a que miles de católicos, literalmente, abandonen la Comunión Eucarística y ni se les ocurra siquiera hacer Adoración Eucarística.
         Otro modo de aproximación que tenemos los católicos, hacia la Eucaristía, además del de los sentidos, es el existencial o emocional: es decir, nos acercamos a la Eucaristía porque “no nos queda otro camino”, o porque “necesito ayuda”, o porque “tengo que salir de este problema”. En este caso, la Eucaristía se nos presenta como “algo” que da solución –más tarde o más temprano, según los casos- a un problema existencial, afectivo, emocional, financiero, etc.
         El enfoque de los sentidos y el enfoque emocional y existencial de la Eucaristía coinciden en una cosa: ambos ven a la Eucaristía como “algo”, “algo” que está ahí, “algo” que puede solucionar el problema real o imaginario que me aqueja.

         La cosa cambia radicalmente cuando dejamos de contemplar la Eucaristía con nuestros sentidos y con el limitado alcance de la razón, y cuando la dejamos de contemplar como un mero medio para alcanzar un fin, que es la solución a los problemas, y comenzamos a contemplarla con los ojos, no del cuerpo, sino del alma, y con la luz, no eléctrica, sino la luz de la Fe. Cuando esto hacemos, vemos la Eucaristía con todo el esplendor de su maravillosa e inimaginable realidad; cuando contemplamos la Eucaristía con los ojos de la Fe católica, que es la Fe del Credo, la Fe de los Apóstoles, la Fe de la Iglesia de dos mil años, la Fe que se inicia con la Encarnación del Verbo, con la Última Cena y con el Sacrificio en Cruz de Jesús, el alma solo puede caer postrada de rodillas ante aquello que jamás habría osado siquiera imaginar: vista con la luz de la Fe, la Eucaristía NO ES pan, aunque parece serlo por el gusto y por los sentidos; la Eucaristía NO ES un medio en el que busco la solución de mis problemas; la Eucaristía NO ES una “cosa”; la Eucaristía es “ALGUIEN” y un “alguien” de quien jamás podríamos siquiera imaginar que estuviera Presente, tal como lo está en el Cielo, rodeado de ángeles y santos que se postran en su adoración. Vista con la luz de la Fe, la Eucaristía es Jesús de Nazareth, el Hijo eterno del Padre, que fue concebido por obra del Espíritu Santo en el seno virgen de María, que murió en la cruz para salvarnos y conducirnos al Cielo. Vista con la luz de la Fe, la Eucaristía es un misterio inefable del Amor de Dios, porque es el mismo Dios, en la Persona del Hijo, que está oculto en apariencia de pan, para brindarnos su Amor, para mendigar nuestro pobre y mísero amor. Vista con la luz de la Fe, la Eucaristía es el Cordero de Dios, que con la luz de su divinidad alumbra la Jerusalén celestial y que viene a nuestras vidas para iluminar, con su gracia, las tinieblas y sombras de muerte en las que vivimos inmersos y no nos damos cuenta. Con la luz de la Fe, la Eucaristía es “Alguien”, es Dios Hijo, que viene a nuestras vidas, en apariencia de pan, para algo muchísimo más grande que solucionar nuestros problemas, del orden que sea: viene para darnos su Amor, el Amor de su Sagrado Corazón Eucarístico. Y esto es un motivo para adorar la Eucaristía todo el día, todos los días que nos quedan de la vida terrena, para luego continuar adorando al Cordero, en el Reino de los cielos, por toda la eternidad.

miércoles, 15 de noviembre de 2017

Hora Santa en reparación por ultraje a la imagen de Nuestra Señora de Guadalupe México 251017


         Inicio: ofrecemos esta Hora Santa y el rezo del Santo Rosario en reparación por el ultraje sufrido por una imagen de Nuestra Señora de Guadalupe a manos de una mujer. En los siguientes enlaces se encuentra la información relativa a tan penoso caso:
Según las agencias de noticias, el ultraje a la Madre de Dios consistió en que una mujer destruyó la imagen de la Virgen de Guadalupe en catedral de Tampico, en México. En reparación y homenaje a Nuestra Señora de Guadalupe, basaremos nuestras meditaciones en la imagen que, milagrosamente, la Virgen estampara en la tilma de Juan Diego. Además de reparar este sacrilegio, pediremos también por nuestra conversión, la de nuestros seres queridos, la de quien cometió el ultraje, y la del mundo entero.

Oración inicial: “Dios mío, yo creo, espero, te adoro y te amo. Te pido perdón, por los que no creen, ni esperan, ni te adoran, ni te aman” (tres veces).

“Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, yo os ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, Presente en todos los sagrarios del mundo, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e indiferencias con los cuales Él mismo es continuamente ofendido. Por los infinitos méritos de su Sacratísimo Corazón y los del Inmaculado Corazón de María, os pido la conversión de los pobres pecadores. Amén”.

Canto inicial: “Cantemos al Amor de los amores”.

Inicio del rezo del Santo Rosario (misterios a elección). Primer Misterio.

Meditación.        

         Aunque los pueblos mesoamericanos eran paganos, antes de la Conquista española y su posterior evangelización, veneraban sin embargo, en el cerro Tepeyac, donde se apareció la Madre de Dios, a una deidad femenina benigna, a la que llamaban “Tonantzin” (que quiere decir Nuestra Madrecita). Este hecho, sumado a la gracia de la conversión conferida por Dios, ayudó a que fuera aceptada y amada la Virgen, cuando en el mismo cerro Tepeyac se apareció como Madre de Dios y Madre nuestra[1]. El nombre con el que la Virgen se dio a conocer, revela su Inmaculada Concepción, la Encarnación del Verbo por obra del Espíritu Santo, y su condición de virginidad perpetua: “Siempre Virgen Santa María de Guadalupe”. El nombre “Guadalupe” es la continuación de la evangelización que, guiados por el Espíritu Santo, los Conquistadores españoles habían comenzado desde el descubrimiento del continente, e indica lo que habría de ser la característica del Descubrimiento y la Evangelización del Nuevo Continente: la fusión de razas bajo el Nombre de Nuestro Señor Jesucristo, por intermedio de su Madre, Nuestra Señora de Guadalupe.

         Silencio para meditar.

Padrenuestro, diez Ave Marías, Gloria.

Segundo Misterio del Santo Rosario.

Meditación.

En la tilma, la Virgen aparece con el cabello suelto, cuyo significado entre los aztecas es la virginidad, lo cual corresponde al doble privilegio que la Santísima Trinidad le concedió a María, el ser Virgen –porque concibió al Verbo de Dios no por obra humana sino por obra de Dios Espíritu Santo, enviado por Dios Padre-y, al mismo tiempo, su condición de ser Madre de Dios, esto es, de Dios Hijo que, procediendo por generación eterna del seno del Padre, se encarna en las entrañas virginales de María para, sin dejar de ser Dios, asumir nuestra naturaleza humana. El rostro de la Virgen en la tilma es “moreno, ovalado y en actitud de profunda oración”[2]. Ya en su rostro la Virgen se presenta no solo como Madre de españoles e indígenas, sino como Madre celestial de los descendientes de los españoles e indígenas, los mestizos, los criollos, los hispanoamericanos, por cuyas venas corren, mezcladas por el designio de Amor de Dios, la sangre española y la sangre americana. El semblante de la Virgen es suave, “dulce, fresco, amable”, y junto al “amor y ternura”, refleja “además una gran fortaleza”. La actitud de oración de la Virgen es una característica suya pues fue concebida como Inmaculada Concepción, para ser Hija predilecta de Dios Padre, Madre de Dios Hijo y Esposa de Dios Espíritu Santo, por lo que su vida toda, desde la creación de su cuerpo y alma benditos, está orientada a Dios Trino y sólo en Él se explica la Virgen, y esto es un ejemplo para nosotros, de cómo nosotros debemos también, como la Virgen, orar en todo tiempo. La dulzura maternal y la fortaleza del rostro de María se derivan, precisamente, de su estado de continua y profunda oración. Esta oración está también indicada en la tilma en la posición de las manos, juntas, unidas una con la otra, en señal de recogimiento y de unión profunda de mente y corazón con Dios Trino. En las manos se destaca el hecho de que, mientras la derecha es “más blanca y estilizada, la izquierda es morena y más llena”, lo que simboliza la unión de las razas españolas y americanas, unión producida por el designio de Dios, en su Amor.

Silencio para meditar.

Padrenuestro, diez Ave Marías, Gloria.

Tercer Misterio del Santo Rosario.

Meditación.

En la milagrosa tilma, la Virgen aparece en estado de gravidez, lo cual se constata “por la forma aumentada del abdomen, donde se destaca una mayor prominencia vertical que transversal, corresponde a un embarazo casi en su última etapa”[3]. La gravidez de la Virgen también señalada en la tilma se constata también por el cinto, que “se localiza arriba del vientre”. Se dispone de manera tal que “cae en dos extremos trapezoidales que en el mundo náhuatl representaban el fin de un ciclo y el nacimiento de una nueva era”. En este caso, se representa el inicio de una Nueva Era para la humanidad, señalada por el fruto virginal de María, el Niño que Ella porta en sus entrañas: con el Niño de la Virgen se inicia una Nueva y Definitiva Era, la Era de los hijos de Dios, los bautizados en la Iglesia Católica, nacidos del seno mismo de Dios por la gracia santificante. La Nueva Era, que se inicia “tanto para el viejo como para el nuevo mundo”, es la conversión de las almas, por la gracia de Jesucristo, y el ingreso por el bautismo sacramental, al Cuerpo Místico de Cristo, la Iglesia Católica, de todo un continente, bautismo que es la puerta abierta y el anticipo de la eterna bienaventuranza en los cielos, en la otra vida.

Silencio para meditar.

Padrenuestro, diez Ave Marías, Gloria.

Cuarto Misterio del Santo Rosario.

Meditación.

Hay un detalle central en la tilma, y es “una flor de cuatro pétalos, llamada Nahui Ollin: es el símbolo principal en la imagen de la Virgen, a la vez que es el máximo símbolo nátuahl y representa la presencia de Dios, la plenitud, el centro del espacio y del tiempo”[4]. Al aplicarla a la Virgen de Guadalupe, la flor indica que Ella es la Llena de gracia y por lo tanto, Morada Santa de la Trinidad, al tiempo que, como Inmaculada Concepción e inhabitada por el Espíritu Santo, la Virgen representa la humanidad en la que habita la plenitud de Dios. La flor marca el lugar donde se encuentra Nuestro Señor Jesucristo, y es aquí en donde la flor puede ser aplicada a Él, que en cuanto Dios, es lo que la flor simboliza: el alfa y el omega, el principio y el fin, el centro del espacio y del tiempo, aunque también de la eternidad, puesto que Jesucristo, siendo Dios, es la misma eternidad, es la eternidad en sí misma; Él es Dios Increado, Eterno, Inmutable, Perfectísimo; por Él fueron creadas todas las cosas; Jesucristo, el Fruto de María Virgen, es el centro de la historia humana y del universo, tanto visible como invisible, puesto que es Rey de los hombres y Rey de los ángeles; Él es el Triunfador en el leño santo de la Cruz; Él es el Redentor de la humanidad, salvada y redimida al precio de su Sangre brotada de su Cuerpo flagelado, llagado y crucificado. En cuanto Dios, es la plenitud de toda gracia y perfección; nada hay en Él que sea impuro, ni siquiera imperfecto; es el Dios de toda gracia, majestad y honra; ante Él se postran los ángeles y santos en adoración perpetua, en los cielos, y también en la tierra, en su Iglesia, en su Presencia Eucarística. Por esta razón, la flor de cuatro pétalos o Nahi Ollin, es el símbolo de Nuestro Señor Jesucristo, el Hombre-Dios, que viene a nuestras vidas y a nuestra historia humana por el Portal de eternidad que es Nuestra Señora de Guadalupe, María Santísima.

Silencio para meditar.

Padrenuestro, diez Ave Marías, Gloria.

Quinto Misterio del Santo Rosario.

Meditación.

         La Virgen aparece en la tilma tal como la descripción del Apocalipsis, demostrando así que Ella es “la mujer revestida de sol”: está “rodeada de rayos dorados que le forman un halo luminoso o aura”[5]. La razón por la cual la Virgen es “la Mujer revestida de sol” de la que habla el Apocalipsis, es su especialísima relación con la Santísima Trinidad: Ella es la Hija predilecta del Padre, y por eso el Padre la crea Inmaculada y Llena de gracia; Ella es la Esposa de Dios Espíritu Santo, y por eso el Espíritu Santo mora en Ella; Ella es la Madre de Dios Hijo, que es el “Sol de justicia” y por eso la que irradia es la luz de su Hijo, y también la del Padre y la del Espíritu Santo. Está revestida de sol porque es la Madre de Dios Hijo, el “Sol que nace de lo alto” y que viene a iluminarnos a nosotros, que vivimos inmersos “en tinieblas y sombras de muerte”, esto es, vivimos inmersos en el pecado, la muerte y los ángeles caídos, y Jesús, el Sol naciente, nos libera de las tinieblas con la luz de su gracia. La Virgen es la “Mujer revestida de sol” porque es “la Madre de la luz, del Sol, del Niño Sol, del Dios verdadero, ella lo hace descender hacia el “centro de la luna” (la palabra México en nátuahl son “Metz – xic – co” que significan “en el centro de la luna”) para que allí nazca, alumbre y dé vida”. Es decir, la luna estaría simbolizando tanto a la Virgen, en cuanto fecundidad divina, porque da a luz al Sol de justicia, Jesucristo, como también a México, en cuanto Nación elegida por Dios para que, por la aparición de la Virgen, nazcan a la vida de la fe los hijos de Dios (de hecho, luego de las apariciones de Nuestra Señora de Guadalupe, se convirtieron más de ocho millones de nativos). La luna, símbolo de fecundidad, nacimiento y vida, está a los pies de la Virgen, además, porque Ella es Reina de cielos y tierra, y así indica su majestad sobre el universo creado. Por último, un ángel, que en ademán de volar, está “a los pies de la Guadalupana”. Las alas son como de águila, asimétricas y muy coloridas, y los tonos son parecidos a los del pájaro mexicano tzinitzcan que Juan Diego recordó, anunciándole la aparición de la Virgen de Guadalupe. Sus manos sostienen el extremo izquierdo de la túnica de la Virgen y el derecho del manto. El hecho de que el ángel esté a los pies de la Virgen, indica su condición de ser la Virgen Reina de los ángeles y que estos se encuentran a su servicio.

         Oración final: “Dios mío, yo creo, espero, te adoro y te amo. Te pido perdón, por los que no creen, ni esperan, ni te adoran, ni te aman” (tres veces).

“Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, yo os adoro profundamente, y os ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, Presente en todos los sagrarios del mundo, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e indiferencias con los cuales Él mismo es continuamente ofendido. Por los infinitos méritos de su Sacratísimo Corazón y los del Inmaculado Corazón de María, os pido la conversión de los pobres pecadores. Amén”.

Canto final: “La Guadalupana”.






[1] https://www.aciprensa.com/recursos/interpretacion-de-la-imagen-de-la-virgen-de-guadalupe-1081
[2] Cfr. https://www.aciprensa.com/recursos/interpretacion-de-la-imagen-de-la-virgen-de-guadalupe-1081
[3] Cfr. ibidem.
[4] Cfr. ibidem.
[5] Cfr. ibidem.

sábado, 4 de noviembre de 2017

Hora Santa en reparación por ultraje a la imagen de la Virgen de la Esperanza Macarena de Sevilla 121017


         Inicio: ofrecemos esta Hora Santa y el rezo del Santo Rosario meditado, en reparación por el ultraje sufrido por la imagen de la Virgen de la Esperanza Macarena en Sevilla, España. En esta ocasión, la imagen de la Madre de Dios ha sido ultrajada al ser usada vilmente para promocionar un musical. La información relativa a este lamentable ataque contra Nuestra Madre del cielo, se encuentra en el siguiente enlace:
         Como siempre lo hacemos, pediremos por nuestra conversión, la de nuestros seres queridos, la del mundo entero, y la de quienes perpetraron este vil ataque contra Nuestra Madre celestial.

         Oración inicial: “Dios mío, yo creo, espero, te adoro y te amo. Te pido perdón, por los que no creen, ni esperan, ni te adoran, ni te aman” (tres veces).

“Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, yo os ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, Presente en todos los sagrarios del mundo, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e indiferencias con los cuales Él mismo es continuamente ofendido. Por los infinitos méritos de su Sacratísimo Corazón y los del Inmaculado Corazón de María, os pido la conversión de los pobres pecadores. Amén”.

Canto inicial: “Cantemos al Amor de los amores”.

Inicio del rezo del Santo Rosario (misterios a elección). Primer Misterio.

Meditación.

En la Encarnación del Verbo, el Espíritu Santo “cubre con su sombra” a la Madre de Dios, siempre Virgen, para que el Verbo Eterno del Padre, encarnándose, encuentre una morada más preciosa que el oro, en el seno de la Virgen Madre. Así como la divinidad estaba en el Arca y en el Templo en el Antiguo Testamento, ahora, esta misma divinidad, revelada como Dios Uno y Trino, se encarna en la Persona del Hijo en la Nueva Arca, el seno virginal de María Santísima, e inhabita en el Nuevo Templo, la mente, el alma, el cuerpo y el Corazón Inmaculados y Purísimos de la Madre de Dios. El Pueblo Elegido poseía el Arca, que era solo figura del Arca Nueva y definitiva, una Custodia viviente, más preciosa que el oro y la plata, la Virgen Santísima, porque en Ella inhabitaba el Amor de Dios, el Espíritu Santo, por quien el Verbo Eterno del Padre se encarnó en su seno. El Pueblo Elegido adoraba a Dios Uno en el templo, pero ese templo era la figura del Nuevo Templo, un Templo Purísimo, colmado de la gracia y del amor de Dios, la Virgen Santísima, que alojaba en su seno virginal al Hijo de Dios encarnado, que tomando carne y sangre de su Madre amantísima, habría de subir algún día a la Cruz, para ofrecer su Cuerpo y su Sangre para la salvación de los hombres.

Silencio para meditar.

Padrenuestro, diez Ave Marías, Gloria.

Segundo Misterio del Santo Rosario.

Meditación.

El Arcángel Gabriel anuncia a la Virgen Santísima que ha sido elegida, por su pureza, por su humildad y por ser la Llena de gracia, para ser la Madre del Dios Altísimo, el Dios Verdadero por quien se vive. El Hijo que ha de nacer de sus entrañas purísimas –pues María es Virgen, no conoce amor de hombre alguno, y su concepción viene del Espíritu Santo- habrá de “heredar el trono de David y reinará sobre la casa de Jacob para siempre” (Lc 1, 32-33); es decir, será el Rey mesiánico, que librará a los hombres de la triple esclavitud a la que hasta entonces estaban sometidos: la esclavitud del Demonio, del pecado y de la muerte. Los habrá de librar al precio de su Sangre en la Cruz cuando, ya adulto, entregue su Vida en rescate por la humanidad. El hecho de que sea “la sombra del Altísimo” la que cubrirá a María y engendrará en su seno purísimo a este Mesías Redentor, indica que no hay amor alguno, sino que se trata de la intervención misma de Dios Uno y Trino: Dios Padre envía a Dios Hijo por medio de Dios Espíritu Santo, para que, encarnándose en el seno virgen de María, adquiera Él, que es Espíritu Purísimo en cuanto que es Dios, un Cuerpo al cual inmolar en la Cruz y dar de alimento, junto con Sangre, como bebida, para la salvación de los hombres. Con su Venida desde el seno eterno del Padre, traído por el Amor de Dios, el Espíritu Santo, y alojado en el seno purísimo de María Virgen, el Redentor, Jesús de Nazareth, Dios Hijo encarnado, ha cumplido de una vez y para siempre las expectativas, no solo de Israel, sino de toda la humanidad. Porque Jesús no es un mesías terreno, que habrá de liberar al Israel terreno de un opresor terreno; Jesús es el Mesías de Dios, que habrá de librar a la humanidad, manifestándose primero al Pueblo Elegido y a través de él a todos los hombres, de las esclavitudes verdaderamente espirituales, que son mucho más duras y penosas que las terrenas, las esclavitudes a las que el Ángel caído somete a la humanidad desde el pecado original de Adán y Eva.

Silencio para meditar.

Padrenuestro, diez Ave Marías, Gloria.

Tercer Misterio del Santo Rosario.

Meditación.

Jesús es el “vástago del tronco de Jesé y retoño de sus raíces”, sobre el que “reposará el Espíritu de Yahveh” (Is 11, 1-2). Con Él llega una nueva edad para la humanidad, la época del “Hijo del hombre” (Dn 7, 12), esto es, de Dios hecho hombre, que nace como hijo de hombre, como Niño, sin dejar de ser Dios, para que los hombres, por su gracia santificante que les comunicará con su sacrificio en cruz, se conviertan en Dios por participación: “Dios se hace hombre para que los hombres se hagan Dios”. Con la Encarnación del Verbo, se hacen realidad las promesas dirigidas por Yahvéh  a la Hija de Sión –la humanidad enera-: “¡Lanza gritos de gozo, hija de Sión, lanza clamores, Israel, alégrate y exulta de todo corazón, hija de Jerusalén! Ha retirado Yahveh las sentencias contra ti y ha alejado a tus enemigos. ¡Yahveh, rey de Israel, está en medio de ti, no temerás ya ningún mal!” (Sof  3, 14-15). Yahveh se ha encarnado, en la Persona del Hijo, en seno virginal de María, y esa es la causa de la alegría para toda la humanidad.

Silencio para meditar.

Padrenuestro, diez Ave Marías, Gloria.

Cuarto Misterio del Santo Rosario.

Meditación.

El saludo del Arcángel Gabriel a María es un saludo que se caracteriza por la alegría: “¡Alégrate, Llena de gracia…!” y la razón de esta alegría es doble: por un lado, porque Quien la saluda es Dios, que es “Alegría infinita”, la Alegría Increada en sí misma, la Alegría celestial, sobrenatural, desconocida para los hombres; por otro lado, porque el anuncio del Ángel contiene en sí mismo la causa de la alegría, tanto para la Virgen, como para la humanidad entera: el Dios de majestad infinita la ha elegido a Ella para ser morada de Dios Hijo encarnado, el cual, con su sacrificio en cruz, devolverá la verdadera alegría a los hombres, al borrar el pecado de sus almas, al derrotar al Demonio y a la muerte para siempre, causas de tristeza, en esta vida y en la otra. El saludo del Arcángel no se traduce como “Ave”, sino como “Alégrate”, con lo que el inicio del plan de redención de la Santísima Trinidad, es un anuncio que comienza con alegría en la tierra y finalizará luego con la alegría celestial de los bienaventurados en los cielos. Esta es la razón por la cual el Ave María es considerada como una invitación a la alegría, pero no a la alegría mundana, sino a la Alegría de Dios, porque Él es la Alegría Increada y porque lo que se anuncia en el Ave María es que el Dios de la Alegría se ha encarnado en el seno virgen de María para perdonarnos los pecados, concedernos la gracia de la filiación divina y conducirnos al Reino de los cielos en la otra vida.

Silencio para meditar.

Padrenuestro, diez Ave Marías, Gloria.

Quinto Misterio del Santo Rosario.

Meditación.

La expresión “Jaire” (cfr. Lc 1, 28) es un saludo griego, pero no es, de ninguna manera, un saludo meramente convencional o puramente formal. La expresión utilizada por el Arcángel posee una connotación profunda y solemne, la cual está dada por la magnitud del Anuncio que el Arcángel realiza a María de parte de Dios: el motivo de la alegría –sobrenatural, celestial, divina, no humana ni angélica, sino divina- es que, por un lado, la Virgen ha sido elegida, por su Pureza Inmaculada y por su humildad, para ser la Virgen y Madre de Dios Hijo encarnado; por otro, la alegría está dada por este hecho: que Dios Padre, eligiendo a María como a su Hija predilecta, envía a su Hijo Dios, por el Espíritu Santo, a encarnarse en el seno virgen de María, para que el Dios Espíritu Puro e Invisible y que habita en una luz inaccesible, en las entrañas purísimas y virginales, asumiendo una naturaleza humana, sea visible a los ojos de los hombres, como Dios Niño, esto es, que adquiera un Cuerpo material, sin dejar de ser Dios Espíritu Puro, y que de esta manera, aun habitando en la luz inaccesible, comience a inhabitar en las entraña purísimas de la Virgen, y todo para obtener un Cuerpo Purísimo que habría de ser ofrecido un día, en el Altar del Calvario, la Santa Cruz, para la salvación del mundo, Cuerpo y también su Sangre que continuarían siendo ofrecidos, por el misterio de la liturgia eucarística, en el Altar del Nuevo Calvario, el altar eucarístico de la Santa Misa, donándose como Pan de Vida eterna, la Sagrada Eucaristía. Esta es la razón por la cual el saludo del Arcángel no es meramente formal, sino que invita a una alegría sobrenatural, que lleva al alma, que contempla el misterio con la luz de la Fe católica, a alegrarse sobremanera, no con la alegría humana y mucho menos mundana, sino con la alegría misma de Dios, con Dios, que es “Alegría infinita”, al decir de los santos[1].

Oración final: “Dios mío, yo creo, espero, te adoro y te amo. Te pido perdón, por los que no creen, ni esperan, ni te adoran, ni te aman” (tres veces).

“Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, yo os adoro profundamente, y os ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, Presente en todos los sagrarios del mundo, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e indiferencias con los cuales Él mismo es continuamente ofendido. Por los infinitos méritos de su Sacratísimo Corazón y los del Inmaculado Corazón de María, os pido la conversión de los pobres pecadores. Amén”.

Canto final: “Un día la veré, en célica armonía”.






[1] Cfr. Santa Teresa de los Andes, Escritos.

martes, 31 de octubre de 2017

Hora Santa en reparación por crucifijo blasfemo en Cuenca, España 211017


Horroroso crucifijo blasfemo en Cuenca, España.

         Inicio: ofrecemos esta Hora Santa y el Santo Rosario meditado en reparación por un crucifijo blasfemo colocado en Cuenca, España. La información acerca de tan lamentable episodio se puede encontrar en el siguiente enlace:


         Como siempre, pediremos por nuestra conversión, la de nuestros seres queridos, la del mundo entero y la de quienes perpetraron esta espantosa obra, que es un atentado a la hermosura y majestad divina de Cristo Dios.

Oración inicial: “Dios mío, yo creo, espero, te adoro y te amo. Te pido perdón, por los que no creen, ni esperan, ni te adoran, ni te aman” (tres veces).

“Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, yo os ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, Presente en todos los sagrarios del mundo, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e indiferencias con los cuales Él mismo es continuamente ofendido. Por los infinitos méritos de su Sacratísimo Corazón y los del Inmaculado Corazón de María, os pido la conversión de los pobres pecadores. Amén”.

Canto inicial: “Cantemos al Amor de los amores”.

Inicio del rezo del Santo Rosario (misterios a elección). Primer Misterio.

Meditación.

         En el Antiguo Testamento se describe una visión gloriosa del Señor Dios, a Quien exaltan y glorifican los serafines: “…vi al Señor sentado en un excelso trono y las franjas de sus vestidos llenaban el templo. Alrededor del solio estaban los serafines: cada uno de ellos tenía seis alas: con dos cubrían sus rostros, con dos cubrían los pies y con dos volaban. Y con voz esforzada cantaban a coros, diciendo: Santo, Santo, Santo es el Señor Dios de los ejércitos, llena está toda la tierra de su gloria (Num 14, 21; Ap 4, 8). Y se estremecieron los dinteles y los quicios de las puertas a las voces de los que cantaban, y se llenó de humo el templo”. Pero luego, uno de los serafines realiza una acción extraña, con relación al profeta Isaías, que es quien tiene el privilegio de contemplar la visión: toma un carbón ardiente con unas tenazas “que había sobre el altar” y toca con esta brasa ardiente la boca del profeta Isaías: “(…) Y voló hacia mí uno de los serafines, y en su mano tenía un carbón ardiente que con las tenazas había tomado de encima del altar. Y tocó con ella mi boca, y dijo: He aquí la brasa que ha tocado tus labios, y será quitada tu iniquidad, y tu pecado será expiado” (Is 6, 1-7). La extraña brasa tiene el poder de “quitar la iniquidad del profeta” y de “expiar su pecado”. Podemos decir que el entero episodio es un anticipo con la Santa Misa, porque en ella, el altar se convierte en una parte del cielo, en donde inhabita el Dios Altísimo, Uno y Trino; el ángel es figura del sacerdote ministerial; la brasa ardiente es figura de la Eucaristía –en efecto, la Humanidad Santísima del Salvador es la brasa y el fuego que la convierte en incandescente es el Fuego del Divino Amor, el Espíritu Santo-; el profeta es imagen de todo bautizado en estado de gracia y que ama con todo su corazón, con todo su espíritu, con toda su alma, a su Dios Presente en Cuerpo y Sangre, Alma y Divinidad en la Eucaristía. Y la purificación que la brasa obra sobre la “iniquidad” y el “pecado” del profeta Isaías, son figura del perdón de los pecados veniales que la Eucaristía obra en los corazones de los fieles que reciben el Cuerpo Sacramentado del Señor Jesús con fe, con piedad, con devoción y, sobre todo, con el Amor de Dios en sus corazones.

         Silencio para meditar.

Padrenuestro, diez Ave Marías, Gloria.


Detalle del crucifijo blasfemo de Cuenca, España.


Segundo Misterio del Santo Rosario.

Meditación.

         Dicen los Padres de la Iglesia que el carbón incandescente, esto es, el carbón que por acción del fuego se convierte en brasa ardiente, es figura del ser de Cristo y de su actividad[1]. La Humanidad de Nuestro Señor Jesucristo, su Humanidad Purísima, Inmaculada, sin mancha, la Humanidad que se encarnó en el seno virginal de María, es el carbón, y el Fuego del Divino Amor, el Espíritu Santo, que inmediatamente luego de creada su Alma Santísima Humana y su Cuerpo Inmaculado, lo inhabita, inundándolo con el Fuego del Divino Amor. Así, el carbón que es su Cuerpo, al contacto con el Fuego, que es el Espíritu Santo, que procede por espiración de Él y del Padre, convierten a su Humanidad Purísima en algo así como una brasa ardiente, prefigurada en el altar de la visión de Isaías y que luego se da en alimento al Pueblo fiel en la Santa Misa. Y de la misma manera a como el carbón, una vez convertido en brasa ardiente, comunica de su fuego al leño seco o a otros carbones con los que es puesto en contacto, de la misma manera, Nuestro Señor Jesucristo, Presente en la Eucaristía con su Humanidad Santísima envuelta en el Fuego del Divino Amor, así Nuestro Señor, cuando es recibido en un corazón en gracia y con amor hacia Él, este corazón se comporta como un leño seco o como un carbón, que al contacto con esa brasa ardentísima que es el Sagrado Corazón de Jesús, lo incendia en el Fuego del Divino Amor, convirtiéndolo a su vez, al comunicarle del Amor de Dios, el Fuego del Espíritu Santo, de carbón negro y oscuro que es, en una brasa ardiente, que brilla e ilumina con las llamas del Amor de Dios a quien se le acerca. Al comulgar, Jesús, que es la Brasa Ardiente en la Eucaristía, comunica a los hombres su Espíritu, el Espíritu de Dios, el Espíritu Santo, que enciende a los corazones humanos en el Fuego del Divino Amor.

          Silencio para meditar.

Padrenuestro, diez Ave Marías, Gloria.

Tercer Misterio del Santo Rosario.

Meditación.

         El Cuerpo del Cristo Eucarístico, que arde sin consumirse en las llamas del Divino Amor, hace partícipes de ese Fuego celestial a las almas que lo reciben en gracia y con amor, comunicándoles de su pureza y gloria celestial[2], la envolverlas en las llamas del Amor de Dios. Así, la visión de Isaías en la que el ángel coloca una brasa ardiente en los labios del profeta, se convierte en anticipo y figura de la comunión sacramental, cuando el sacerdote –representado por el ángel-, toma la Eucaristía del Altar Eucarístico –que en la Misa es una parte del cielo- y da la comunión sacramental al fiel –representado en Isaías-, purificando su alma, quitando sus pecados veniales –la Eucaristía perdona los pecados veniales-, enciende su corazón en el Fuego del Divino Amor y llena su alma de la gracia santificante. Así, la comunión sacramental se convierte en algo infinitamente más grandioso que la grandiosa visión y experiencia mística del profeta Isaías, porque mientras este vio sí sus labios y su alma purificados por el carbón incandescente, no recibió en cambio el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, mientras que el fiel, al comulgar, recibe algo más grandioso que una brasa celestial que purifica sus labios y alma y es el Cuerpo sacramentado de Jesús resucitado, el Cordero de Dios.

         Silencio para meditar.

Padrenuestro, diez Ave Marías, Gloria.


El blasfemo crucifijo de Cuenca, España.


Cuarto Misterio del Santo Rosario.

Meditación.

         Si el profeta Isaías, siendo como era, uno de los más grandes profetas del Dios Altísimo, tuvo el honor de ver purificados sus labios y borrada su iniquidad, como lo revela la Escritura, ¿qué debería suceder con quienes, siendo inmensamente más pequeños que Isaías y mucho más pecadores que él, y aun así, recibimos un don, la comunión sacramental, que no la recibió ninguno de los más grandes y santos profetas? ¿No deberíamos exultar de gozo y agradecimiento, postrándonos ante la Presencia sacramental de Nuestro Señor Jesucristo? Lo que recibimos en la Comunión Eucarística no es una brasa celestial, que purifica nuestros labios, sino algo infinitamente más grandioso, el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de Nuestros Señor Jesucristo, el Carbón Incandescente en el que inhabita el Espíritu Santo de Dios, que viene a inhabitar en nuestros pobres corazones. El Dios Altísimo, cuya majestad infinita hace que los cielos eternos sean como nada ante su Presencia y ante cuya Presencia soberana los ángeles, arcángeles, serafines, Tronos, Dominaciones y Potestades, solo atinan, en el colmo de la alegría, el asombro y la admiración por la majestuosidad de su Ser divino trinitario, a postrarse ante su Presencia, sin atreverse a levantar la mirada, siendo ellos espíritus puros, exclamando “Santo, Santo, Santo es el Señor Dios de los ejércitos”, ese mismo Dios, viene, en la Persona del Hijo, oculto en apariencia de pan, a nuestros pobres corazones, para recibir la miseria de nuestro amor. ¿No deberíamos postrarnos en acción de gracias y exclamar, a grandes voces, que la Misericordia de Dios es infinita e incomprensible, pues viene a nosotros, a pesar de nuestra miseria, para ser amado y adorado por nosotros, pobres y pecadoras creaturas?

         Silencio para meditar.

Padrenuestro, diez Ave Marías, Gloria.

Quinto Misterio del Santo Rosario.

Meditación.

         ¿Qué debería suceder con nosotros, que no somos purificados en los labios por una brasa celestial, sino que nuestras almas son inhabitadas por Dios Hijo en Persona, que convierte nuestras almas en moradas de la Trinidad, nuestros corazones en altares de la Eucaristía y nuestros cuerpos en templos del Espíritu Santo? Que nuestros corazones, entonces, sean como el leño seco, para que al contacto con esa brasa incandescente que es el Corazón Eucarístico de Jesús, se inflamen y enciendan en el Fuego del Divino Amor y que al igual que el incienso, que al contacto con el fuego comienza a desprender un suave y exquisito perfume que se eleva al cielo, así nuestros corazones, al contacto con la Eucaristía, desprendan, como el incienso, “el buen olor de Cristo” (cfr. 2 Cor 2, 15).

         Oración final: “Dios mío, yo creo, espero, te adoro y te amo. Te pido perdón, por los que no creen, ni esperan, ni te adoran, ni te aman” (tres veces).

“Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, yo os adoro profundamente, y os ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, Presente en todos los sagrarios del mundo, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e indiferencias con los cuales Él mismo es continuamente ofendido. Por los infinitos méritos de su Sacratísimo Corazón y los del Inmaculado Corazón de María, os pido la conversión de los pobres pecadores. Amén”.

Canto final: “Un día la veré, en célica armonía”.

        





[1] Cfr. Matthias Joseph Scheeben, Los misterios del cristianismo, Ediciones Herder, Barcelona 1964, 485.
[2] Cfr. Scheeben, Los misterios, 544.