miércoles, 11 de octubre de 2017

Hora Santa en reparación por sacrilegio contra la Eucaristía en Brasil 220917


         Inicio: ofrecemos esta Hora Santa y el rezo del Santo Rosario meditado en reparación por un inaceptable sacrilegio cometido contra la Eucaristía en Brasil. Según puede observarse en el siguiente enlace, en el video captado por las cámaras de seguridad de una parroquia católica, un fiel se acerca a comulgar y luego de recibir la comunión en la mano, escupe sobre ella, la arroja al suelo con violencia y la pisotea. El enlace en donde se puede ver el lamentable episodio es el siguiente: https://www.youtube.com/watch?v=jVjokXYj2yA
         Como siempre lo hacemos, rezaremos pidiendo la conversión propia y de seres queridos, la de quien cometió este horrible sacrilegio, y la del mundo entero.

Oración inicial: “Dios mío, yo creo, espero, te adoro y te amo. Te pido perdón, por los que no creen, ni esperan, ni te adoran, ni te aman” (tres veces).

“Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, yo os ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, Presente en todos los sagrarios del mundo, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e indiferencias con los cuales Él mismo es continuamente ofendido. Por los infinitos méritos de su Sacratísimo Corazón y los del Inmaculado Corazón de María, os pido la conversión de los pobres pecadores. Amén”.

Canto inicial: “Cantemos al Amor de los amores”.

Inicio del rezo del Santo Rosario (misterios a elección). Primer Misterio.

Meditación.

El misterio de la Presencia real, verdadera y substancial de Jesús, constituye la médula y el centro de nuestra Fe eucarística[1], y es una verdad de Fe que se deriva de otras verdades de Fe –como que Dios es Uno y Trino y la Segunda Persona se encarnó en María Virgen por obra del Espíritu Santo- y de la cual se siguen otras verdades de Fe, propiamente católicas: el Verbo de Dios encarnado prolonga su Encarnación en la Eucaristía y se encuentra en el Sacramento Eucarístico vivo, glorioso y resucitado, con su Ser divino trinitario y su Humanidad Santísima glorificada, de manera tal que, el estar delante de la Eucaristía, es estar delante del Cordero de Dios “como degollado”, ante el cual se postran en adoración los ángeles y santos en el cielo. “Junto con toda la Tradición de la Iglesia, creemos que bajo las especies eucarísticas está Jesús”[2], el mismo Jesús que era junto al Padre desde la eternidad, como Verbo Eterno del Padre; el mismo Jesús que se encarnó por obra del Espíritu Santo en el seno de María Virgen; el mismo Jesús que padeció voluntariamente y sufrió muerte de Cruz para nuestra salvación; el mismo Jesús que luego de sufrir la muerte el Viernes Santo, fue sepultado y resucitó al tercer día; es el mismo Jesús que ascendió a los cielos, está sentado a la derecha del Padre y ha de venir en la gloria a juzgar a vivos y muertos en el Día del Juicio Final; es el mismo Jesús que se encuentra real, verdadera y substancialmente Presente en la Eucaristía, y que con su Espíritu Santo reina en quienes convierten, por la gracia, sus cuerpos en templos del Espíritu y sus corazones en altares en donde se ama y adora a Jesús Eucaristía.

Silencio para meditar.

Padrenuestro, diez Ave Marías, Gloria.

Segundo Misterio del Santo Rosario.

Meditación.

         La Presencia de Jesús en la Eucaristía es “la Presencia real por antonomasia, porque por medio de ella Jesucristo se hace Presente en la realidad de su Cuerpo y de su Sangre”[3]. La Fe católica, la Fe de los Apóstoles, la Fe de los Padres de la Iglesia, la Fe de todos los santos, mártires, vírgenes, doctores de la Iglesia a lo largo de dos mil años sin interrupción, “nos pide que, ante la Eucaristía, seamos conscientes de que estamos ante Cristo mismo”. Ante la Eucaristía, se despliega el asombroso misterio de la Presencia real, verdadera y substancial, del Hijo Eterno del Padre, encarnado en el seno virgen de María, que prolonga su Encarnación en la Eucaristía. Ante nuestros ojos corporales, sobre el altar eucarístico, y oculto bajo el velo de las especies sacramentales, se encuentra el Cordero de Dios “como degollado”, Dios Hijo, omnipotente y todopoderoso, engendrado por el Padre desde la eternidad, nacido en el tiempo de María Virgen, al asumir la Humanidad de Jesús de Nazareth, que prolonga su Encarnación y Nacimiento y todo su Misterio Pascual de Muerte y Resurrección, cada vez, en la Santa Misa. La Eucaristía “no es un mero símbolo”[4], pues actualiza el banquete escatológico del Padre, a la vez que es memorial –memoria que hace presente el misterio del Calvario y de la Resurrección, por el poder del Espíritu Santo, por la liturgia eucarística- de la Pascua y anticipación de la bienaventuranza eterna, pues nos permite vivir, por anticipado, por la adoración y contemplación de su Presencia Eucarística, la adoración y contemplación que, por la Misericordia Divina, esperamos vivir por la eternidad, en el Reino de los cielos, una vez terminada nuestra existencia y peregrinación terrenas. Por la Eucaristía, por el misterio eucarístico, Jesús cumple su promesa de “estar con nosotros todos los días, hasta el fin del mundo” (cfr. Mt 28, 19)[5].

Silencio para meditar.

Padrenuestro, diez Ave Marías, Gloria.

Tercer Misterio del Santo Rosario.

Meditación.

         Por tratarse del más grande misterio de todos los grandes misterios de Dios, la Santa Misa no solo “debe ser celebrada bien” –sin introducir elementos profanos o que contradigan el misterio que se celebra en el altar eucarístico-, sino que debe ser “el centro de la vida cristiana”[6]. La Santa Misa, que es a la vez el culmen y la fuente de la vida cristiana, no solo debe ser celebrada “con toda dignidad y decoro”; no solo debe ser celebrada evitando introducir elementos profanos, originados en ideologías ajenas al Evangelio; no solo debe ser celebrada con la adecuada música sacra y no con música profana, que provoca una afrenta al misterio del altar y no eleva el alma a la unión con Dios; no solo debe ser celebrada rechazando todo elemento que contamine la Fe plurisecular de la Iglesia en la Presencia real, verdadera y substancial de Jesucristo en la Eucaristía, sino que debe ser celebrada con toda piedad, con todo fervor, con todo el amor del que el Pueblo Místico de Dios sea capaz, para responder así, al menos mínimamente, el origen y la causa del misterio eucarístico, que es el Amor Misericordioso de Dios Uno y Trino. Una Santa Misa a la que se asiste por costumbre, de modo mecánico, frío, ausente, indiferente al misterio del altar, es una Santa Misa que no es valorada en la inconmensurable profundidad del misterio del Amor Divino en el que se origina. Para ello, tanto el sacerdote como los fieles, deben “estudiar a fondo la Ordenación General del Misal Romano” y empeñarse en una “profundización del misterio de la salvación que se desarrolla por medio de los signos litúrgicos, por medio de la catequesis “mistagógica”, la cual ayuda a descubrir el sentido de los gestos y palabras de la Liturgia”[7]. De esta manera, se evita la asistencia meramente pasiva a la Santa Misa, a la par que se proporciona al fiel –y también al sacerdote ministerial- un conocimiento sobrenatural que permite “pasar de los signos al misterio, para centrar en el misterio eucarístico la vida entera del cristiano”[8], así como lo está la vida entera de la Iglesia.

Silencio para meditar.

Padrenuestro, diez Ave Marías, Gloria.

Cuarto Misterio del Santo Rosario.

Meditación.

La Fe en la Presencia real, verdadera y substancial de Cristo Dios en la Eucaristía impone una forma de tratar al Santísimo Sacramento del altar, que debe estar en consonancia con lo que se cree. Si en la apariencia de pan ya no hay más substancia de pan, y lo que hay es el Ser divino trinitario, la Persona Divina del Hijo de Dios encarnado, que prolonga su Encarnación en la Eucaristía; si la Eucaristía es el mismo Cordero de Dios al que los ángeles y santos alaban, ensalzan, adoran y aman, postrándose ante su Presencia “día y noche”, entonces en la Iglesia Militante, la Iglesia que peregrina en la tierra hacia el encuentro definitivo con el Cordero de Dios, que tiene la gracia de poseerlo en su seno, en el altar eucarístico, en el sagrario, en cada custodia, no puede no rendirle el homenaje exterior que se merece y que es un reflejo del homenaje, el amor y la adoración interiores que las almas le tributan al Cordero de Dios, Jesús Eucaristía. La conciencia viva de la Presencia real de Cristo en la Eucaristía, se debe testimoniar por el tono de voz[9], los gestos solemnes, el modo de comportarse ante tan sublime misterio, que supera todo lo que podemos decir, imaginar y pensar. Y la adoración eucarística debe ir precedida del más profundo acto de amor del que el hombre sea capaz, ayudado por la gracia, para amar a Jesús Eucaristía no solo con el pobre y limitado amor humano, sino con el Amor mismo con el Padre ama al Hijo y el Hijo ama al Padre, es decir, el Espíritu Santo, y debe ir acompañada también la adoración eucarística y la participación en la Santa Misa, por una profundísima adoración, tanto interior, como exterior, que debe traducirse en la postración del espíritu y del cuerpo ante el Santísimo Sacramento del altar, el Cordero de Dios, Jesús Eucaristía. Y puesto que el Dios del sagrario, Jesús Eucaristía, habla en el silencio, desde la más profunda raíz del alma -siendo Él su Creador, su Redentor y Santificador-, el alma debe participar, además del amor y la adoración, con el silencio[10] interior y exterior más profundo, de manera tal que las almas enamoradas de Jesús Eucaristía sean capaces de elevarse a su contemplación, para que así como las águilas remontan su vuelo en dirección al sol, con la vista fija en su magnífico esplendor, así también las almas que aman al Dios del sagrario sean otras tantas águilas que vuelan a lo alto, hasta el Sol de justicia, Jesús Eucaristía, deleitándose en Él y solo en Él[11], al sentir los latidos de su Sagrado Corazón Eucarístico.

Silencio para meditar.

Padrenuestro, diez Ave Marías, Gloria.

Quinto Misterio del Santo Rosario.

Meditación.

         La adoración eucarística fuera de la misa, debe constituir, para el alma que ama a Dios, el momento privilegiado en el que, imitando a Juan en la Última Cena, en la que el “discípulo amado se recostó sobre el pecho del Salvador”, así el alma amante de Cristo Eucaristía, postrado interior y exteriormente, apoye su alma contra el Corazón Eucarístico del Salvador, para escuchar los dulces latidos de su Eterno Amor. De esta manera, ofrece con su amor la reparación[12] debida frente a los descuidos, olvidos e incluso ultrajes con los que el Salvador del mundo –y también su Santísima Madre- es ultrajado a lo ancho y largo del mundo, incluso por aquellos que deberían ser los primeros en testimoniar su fe y su amor eucarísticos. Y la reparación por medio de la contemplación eucarística puede ser ayudada por la meditación del Santo Rosario[13], debido a que de esta manera el alma no repara y ama sola, sino que repara y ama desde y con el Corazón Inmaculado de la Virgen, Nuestra Señora de la Eucaristía, la Madre de la Eucaristía, Maestra inigualable de amor, contemplación y reparación eucarística. Multipliquemos, tanto personal como grupalmente, las horas de reparación, de adoración eucarística, de rezo del Santo Rosario meditado, postrándonos ante el “Rey de reyes y Señor de señores”, Cristo Jesús, el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo con el amor de su Sagrado Corazón Eucarístico.

Oración final: “Dios mío, yo creo, espero, te adoro y te amo. Te pido perdón, por los que no creen, ni esperan, ni te adoran, ni te aman” (tres veces).

“Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, yo os adoro profundamente, y os ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, Presente en todos los sagrarios del mundo, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e indiferencias con los cuales Él mismo es continuamente ofendido. Por los infinitos méritos de su Sacratísimo Corazón y los del Inmaculado Corazón de María, os pido la conversión de los pobres pecadores. Amén”.

Canto final: “Un día la veré, en célica armonía”.




[1] Cfr. Juan Pablo II, Mane Nobiscum Domine, Carta Apostólica al Episcopado, al Clero y a los Fieles para el Año de la Eucaristía Octubre 2004 – Octubre 2005, II, 16.
[2] Cfr. ibidem.
[3] Cfr. ibidem.
[4] Cfr. ibidem.
[5] Cfr. ibidem.
[6] Cfr. ibidem, 17.
[7] Cfr. ibidem, 17.
[8] Cfr. ibidem, 17.
[9] Cfr. ibidem, 18.
[10] Cfr. ibidem, 18.
[11] Cfr. ibidem, 18.
[12] Cfr. ibidem, 18.
[13] Cfr. Juan Pablo II, Carta Apostólica Rosarium Virginis Mariae; cit. Mane Nobiscum Domine,18.

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